
"Un día me voy a ir y no volveré jamás...", así dice la canción de
Quemar las naves, que se me pegó cañón.
Quemar las naves, ópera prima de Francisco Franco, fue presentada el otro lunes (o sea, el lunes 3) en Aguascalientes (antes ya se había presentado en Zacatecas, Morelia y otras ciudades, y por ahí de abril se estrenará comercialmente).

No voy a anotar aquí la sinopsis, porque para contar cosas que pueden leer o ver directamente, pues mejor no, ¿edá? En palabras del director, se trata de "una invitación a vencer el miedo de quemar las naves para encontrar nuestra propia voz", cosa que me suena poquito a rollo de superación personal y creo que la película va más allá. En fin, si bien no es la mejor película que he visto en la vida, me gustó bastante, dos que tres cosas en la historia están de más y algunas quedan inconclusas, pero enloquecí con la fotografía y la dirección de arte, son la onda, igual que la música, me hicieron feliz como una lombriz. Eso de escuchar la voz de Eugenia León con "un día me voy a ir...", guau, me encantó.

Y lo mejor de todo es que está hecha en digital (y aquí va un saludo a quien hace casi cinco años me gritó hasta el cansancio que lo digital no es cine, y ahora estaba en primera fila entre los promotores de la presentación de Quemar las naves en Aguascalientes, ¿será que quemó sus propias naves?) y se ve fregón, se ve muy libre y demuestra que el cine es el lenguaje, no el formato (o dicho de otro modo, diríamos Caro y yo citando a dos clásicos, "lo que importa es contar historias a través de las imágenes en movimiento").
Quiero volver a ver Quemar las naves, me cae. Y quiero cantar, con una boa de plumas en el cuello, "un día me voy a iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir y no volveré jamásssssssssssssssssss".