
Hace unos días fui al InTEnSO a recoger el pedazo de cuero (con una foto donde parezco gente seria) que certifica que soy oficialmente
maistra, digo, maestra. Y he de confesar que, aunque me pone contenta recibir el título y cerrar un ciclo, la nostalgia se ha apoderado de mí vilmente. Algo se respira en el ITESO que me hace feliz, pensar en el corredor de árboles o en los chorros de agua mutantes me saca siempre una sonrisa. De hecho, creo que mucho más que el grado, me llevo las memorias. Me quedo con la costumbre de poner todo en duda, con la visión crítica, con el compromiso y la libertad. Me quedo con los retos que me pone siempre Raúl (creo que antes, durante y después de la maestría... me voy a morir), la calidad humana de Guillermo, la pasión de Rossana, el humor inteligente de María Martha, las preguntas de Diana, la tranquilidad de Cham, la claridad de Juan Manuel y el apoyo de Cecy; me quedo, sobre todo, con un gran aprendizaje de todos ellos, mis maestros (porque profesores abundan, pero verdaderos maestros no), que además de ser todos ellos muy fregones académicamente hablando, dejan ver que los que de verdad son grandes no requieren ladrillos en qué subirse. Me quedo también con los amigos, para los que no importan los kilómetros de distancia, con las sesiones de amistad apache con Paulo, las desveladas de messenger haciendo lecturas y ensayos con Mario, las muchas coincidencias (que no casualidades) con Tony, las interminables discusiones de lecturas y proyectos con Rafa, el chisme en la calle con Karlita cuando éramos vecinas, las fugas al Starbucks con Sasha y nuestro muy chafa tour por el Zapopum (¿o nuestro tour por el muy chafa Zapopum?, sí, creo que era esto último), las intermitencias cafeteras de Lourdes, el chisme de la hora de la comida con Kari, las muchas coincidencias blogueriles y los reportes twitteros de Mauricio, el apoyo moral de Alfredo, los entusiastas saludos de Christopher, las anécdotas de Eugenio y más. Me quedo con enemil recuerdos de los cafés a media clase, las jornadas de cuasi
camping en la biblioteca, las invasiones a la salita de posgrados, el paulatino crecimiento de las ojeras en las caras de todos, las sesiones de histeria colectiva, las inolvidables francachelas, las tormentas que acompañaron mi paso por Guadalajara y zonas aledañas y mucho, mucho más. Me quedo, sobre todo, con ganas de volver.