He recorrido esa carretera ya no sé cuántas veces. El viaje iba tranquilo, iba... un tipo salió de la nada y cuatro vehículos -esto incluye el suyo- estuvimos a punto de chocar. Vi muy cerquita los caballos del remolque que iba adelante. Los cuatro conductores reaccionaron rápido y un accidente que pudo ser finalmente no fue, qué bueno que no haya sido.
No sé si soy una piedra, me asusté y me desasusté con la misma rapidez. No vi mi vida en un segundo, nunca la he visto en situaciones de riesgo. Tampoco pienso en lo que hubiera sido, sólo puedo pensar en lo afortunada que soy. Viví para contarla... otra vez.
martes, febrero 04, 2020
Revelaciones de los días recientes III: La ventana
Una ventana no es sólo una ventana, es un espacio que se vuelve testigo silencioso de mil cosas.
No sé cuántas veces te has quedado viendo mi ventana. No sé cuántas veces no te he visto. No sé. La oscuridad, la luz encendida, el pretexto perfecto. No sé.
No sé cuántas veces te has quedado viendo mi ventana. No sé cuántas veces no te he visto. No sé. La oscuridad, la luz encendida, el pretexto perfecto. No sé.
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escenas típicas de la vida cotidiana
Revelaciones de los días recientes II: No será fácil jamás decir adiós
Aunque las señales ya estaban, supe que aquello había terminado un día que quise enviarte un mensaje y pensé "¿para qué?" No se acabó cuando nuestras agendas se complicaron o cuando crecieron los desacuerdos, se acabó cuando dejaste de ser mi primera opción para hablar, cuando dejó de preocuparme que no me encontraras, cuando dejé de confiar en ti. No me lo has dicho, pero supongo que te pasó lo mismo.
Pese a todo, tengo mucho que agradecerte, el tiempo que pasamos juntos fue genial y quedan muchas cosas, no sólo las memorias. Sé que te hice daño y debes saber que me hiciste daño también, los egos son letales.
Dice la canción que "no será fácil jamás decir adiós". Lo sabemos, quizá por eso no lo hemos dicho.
Pese a todo, tengo mucho que agradecerte, el tiempo que pasamos juntos fue genial y quedan muchas cosas, no sólo las memorias. Sé que te hice daño y debes saber que me hiciste daño también, los egos son letales.
Dice la canción que "no será fácil jamás decir adiós". Lo sabemos, quizá por eso no lo hemos dicho.
Revelaciones de los días recientes: I love the playing field
Volví a empezar a ver Grey's anatomy 15 años después. En aquellos tiempos era estudiante de maestría, vivía en Guadalajara, empezaba muchas cosas que puedo ver materializadas ahora. No sé qué me llevó a elegirla en medio de tantas opciones que tenía pendientes en Netflix, dice mi jefe que es la nostalgia, puede que tenga razón. El punto es que desde el primer capítulo empecé a conectar puntos. Meredith dijo algo que me recordó mucho a mí y a las decisiones que he tomado: "I could quit, but here's the thing, I love the playing field".
miércoles, enero 01, 2020
Dosmildiecinueve
Todos
los años son interesantes, todos, también los que no nos encantan. He de decir
que 2019 no me encantó. Emocionalmente, fue un año Exatlón —por si estaban con
pendiente, es el programa favorito de mi mamá y ahora que vine un par de
semanas empecé a verlo también— en el que salía de una tirolesa para entrar a
una rastrera y después el lodo me tapaba los ojos, pero aún había que tirar
pelotitas y atinar a cosas.
La
mala noticia es que el desgaste fue mayúsculo. La buena noticia es que, como se
veía venir, I won —por si también estaban con pendiente, soy más competitiva
conmigo misma que con los otros, así que ese triunfo fue sobre mis propias
expectativas—. Ya veremos cómo se siguen conectando las cosas.
Si el año anterior tuve que bajar el ritmo, en este no hubo manera. No pude, pero tampoco quise. Todavía no salía del drama por una carga institucional que no estuvo a discusión, cuando mi mamá se rompió la muñeca en ocho pedacitos y me tenía que partir en mil. Apenas se estaba resolviendo eso, cuando entraron a robar a mi departamento y eso abrió otra serie de problemas, unos más fuertes que otros. Ni siquiera había terminado de resolver eso, cuando ya estaba otra vez en la avalancha de viajes. Estaba al otro lado del mundo y seguía resolviendo cosas de acá. Regresé en modo Daenerys y, aunque en algún momento dudé si eso valía la pena, al final me quedó claro que valió cada maldito segundo.
Quizás el momento que mejor representa mi año fue el día que subí a la Montaña de Siete Colores. No fui yo quien decidió ir, pero acabé ahí y es algo que agradezco mucho. El punto es que, por una situación complicada que tampoco fue mi decisión, el guía del recorrido osó decirme que no iba a alcanzar a llegar a la cima. Apenas iba a empezar el drama de la vida —como acostumbro— cuando otra guía me dijo que sí podíamos llegar, pero que tendríamos que ir a su paso. Acepté el reto, fuimos y, por algún extraño motivo, estuve a nada de darme por vencida en el último tramo, estaba cansada y harta. Una vez que la guía se adelantó, no pasé ni cinco minutos ahí, vi alrededor gente tirada en el piso o vomitando porque les había pegado la altura —5mil metros sobre el nivel del mar no son cosa fácil— y caí en la cuenta de que a mí no me estaba pasando eso, así que volví a tomar los bastones de trekking y harto aire para terminar de subir. Lo logré. Llegué. Cuando la guía me vio, se puso más contenta que yo. Fue ella quien tomó esta foto, donde me veo fatal, pero que significa tanto para mí.
Hacia
el fin del año hubo miles de cosas que quise aventar lejos, sólo que esta vez
no eran bastones de trekking. No sé aún qué es lo que me mantiene en pie, pero
heme aquí.
Hubo
muchos viajes y, con ellos, mucho aprendizaje, reencuentros y gente nueva. El
recuento cerró en 24 aviones, ya no sé cuántos camiones y viajes en Bla Bla Car.
Fui enemil veces a Aguascalientes, seis a la Ciudad de México, cinco a
Guadalajara y cinco a Guanajuato. También estuve en San Juan de los Lagos, Tetela,
Zamora y Veracruz, así como en Lima, Cusco, Arequipa y otros lugares de Perú, Bogotá
y Madrid. Si el año anterior fue muy anglo, éste fue muy iberoamericano. Honestamente,
me cansé mucho, pero no me arrepiento. Tan no me arrepiento, que ya tengo los
vuelos para las vacaciones de Semana Santa.
Me
mudé por fin, aunque pronto empecé a extrañar el loftito aquel. Fui al teatro,
a conciertos, museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Me hizo feliz que
alguien me donara un boleto para Sarabande en el Teatro del Bicentenario cuando
estaba a nada de quedar fuera. Me embobé con “Un mundo” de Ángeles Santos, en
el Museo Reina Sofía y me pregunté cuántas obras de mujeres pasan a segundo
plano por la cultura machista que arrastramos.
Fui
al cine un poco menos de lo que hubiera querido, pero vi cosas interesantes. Vi
El artista anónimo (One last deal) —el mismo día que robaron mi
depa, por cierto— y me emocionó mucho ver la pasión con la que el protagonista apuesta
por algo que parece perdido. Vi En guerre y llegué a la conclusión de
que soy la CGT, me enfrento a lo que sea, incluso si llevo las de perder. Vi A
rainy day in New York de Woody Allen en medio de la crisis y me pregunté cuál
es mi hábitat. También me impactaron otras historias, como Joker y TheTwo Popes. Por si estaban con pendiente, no me gustó Avengers Endgame.
Volví a ver series, me eché —entre otras cosas— las tres temporadas de Thehandmaid’s tale, eso implicó maratones y desveladas, así como una obsesión
de no sé cuántos días con la escena que abre la segunda temporada, con “Thiswoman’s work” de Kate Bush. Esta última se convirtió en una de las canciones
que más escuché en Spotify. Por cierto, la estadística dice que este año escuché
47,691 minutos de música, de artistas de 73 países. Una de mis favoritas fue “AveMaria” de Krzysztof Janczak, en la voz de Dorota Szczepanska.
A
propósito, volví a estudiar canto. Seguí estudiando francés. En ambos fui una
pésima alumna, el tiempo no me permite ser suficientemente constante, pero es
lo que hay. Para mí es importante seguir siendo alumna, aprender todo el
tiempo, mantenerme en las cosas que me apasionan. Eso he hecho.
Dejé
el pellejo en las clases, asesorías, el trabajo de campo—incluso en un proyecto
que no era mío— y hasta en la burocracia. Fui sinodal varias veces y un par de
tesistas mías se titularon. Viajé a seis congresos, cerré una importante
responsabilidad y no quise asumir otra… o no esta vez, al menos. Escribí mucho,
dictaminé mucho también, se fueron abriendo más oportunidades. Tuve la posibilidad
de irme y me quedé, no sé si soy valiente o estúpida, pero mis razones tengo.
Cerca
del final del año vino
la crisis. Fue una mezcla de dudas, desilusión y otras curiosidades. No
importaba qué hiciera, la crisis parecía crecer y crecer y crecer, nivel me fui
al cine para distraerme y varios diálogos de la película parecían preguntarme
cosas. La vida da muchas vueltas, la misma persona que me sostuvo tres —o quizá
más— veces, cuando estuve fatal —y a quien, por cierto, yo también sostuve
otras tantas— al final hizo un muro infranqueable. Ni modo, la vida es así,
pero yo no merezco tan poquito. Como sea, resistí, “with a little help of my friends”,
como dice la canción. Estas últimas dos semanas regresé a recargar fuerzas en
mi ciudad, con mi mamá, mis amigos —los de siempre y los de los reencuentros—,
mis perros y mi gata.
Cumplí
38, muy bien vividos. Dificultades hubo muchas, pero como dije en el post
anterior, fue un buen año. Sigo convencida de que la esperanza es el motor que
nos mueve —no importa si se habla del mundo, el país, la academia, el trabajo o
la vida personal—, pero que ella no es suficiente sin acciones. Las cosas no se
transforman por sí mismas, algo habrá que hacer… en todos los escenarios.
En
fin, que 2020 sea interesante, desafiante, emocionante. Como decía Tolkien en modo Gandalf en Lord of the rings: The fellowship of the ring, "all we have to decide is what to do with the time that is given us".
martes, diciembre 10, 2019
A veces...
A veces una se da cuenta de que ha logrado todo lo que alguna vez quiso y que no hay cosas nuevas en la lista. ¿Viajar? Lo he hecho casi toda la vida. ¿Terminar un doctorado? Ya pasaron cinco años. ¿Trabajar en algo que amo? Salvo un par de experiencias, siempre he trabajado en cosas que amo. ¿Tener un trabajo estable? Heme aquí. ¿Amar y ser amada? También, pese a mis resistencias frente al compromiso. ¿Tener tiempo de calidad con la familia? Toda la vida. ¿Tener amigos increíbles? Todos lo han sido. Algunos van, otros vienen, pero todos lo han sido.
A veces una se da cuenta de que ha sido afortunada, de que ha vivido en medio de un montón de privilegios, no necesariamente económicos.
A veces, a pesar de todo eso, una se desilusiona del mundo, de la ciudad, del entorno, de la familia extendida, del it's complicated, de la academia, de los que parecían aliados, de todo.
A veces a una le molesta todo, no importa si se trata de algún colega que va por la vida acumulando puntitos, de alguna autoridad que no termina de tomar una decisión importante, de una guitarrista que hace un comentario random, o de otra reacción egoísta del it's complicated.
A veces una se cuestiona todo, no importa si se trata de haberse alaciado el pelo, haber olvidado comprar pasta dental, haber dejado pasar tiempo para responderle a alguien, haber dejado ir tres oportunidades este año y otras antes, o haber pensado que "claramente, me equivoqué".
A veces una se pregunta si en unos años las decisiones que ahora son tan simples claras van a seguir teniendo sentido.
A veces una necesita parar, pensar, respirar.
A veces una aprecia un montón el concepto en el que la tienen los demás, pero también siente la presión de sus expectativas y se niega rotundamente a asumirlas.
A veces una tiene un mal año y, después de escribirlo, reconoce que no fue malo, sólo hubo cuatro cosas complicadas en medio de cientos de cosas lindas.
A veces, ser fuerte todo el tiempo hace que una se quiebre en el momento menos esperado.
A veces una se da cuenta de que ha sido afortunada, de que ha vivido en medio de un montón de privilegios, no necesariamente económicos.
A veces, a pesar de todo eso, una se desilusiona del mundo, de la ciudad, del entorno, de la familia extendida, del it's complicated, de la academia, de los que parecían aliados, de todo.
A veces a una le molesta todo, no importa si se trata de algún colega que va por la vida acumulando puntitos, de alguna autoridad que no termina de tomar una decisión importante, de una guitarrista que hace un comentario random, o de otra reacción egoísta del it's complicated.
A veces una se cuestiona todo, no importa si se trata de haberse alaciado el pelo, haber olvidado comprar pasta dental, haber dejado pasar tiempo para responderle a alguien, haber dejado ir tres oportunidades este año y otras antes, o haber pensado que "claramente, me equivoqué".
A veces una se pregunta si en unos años las decisiones que ahora son tan simples claras van a seguir teniendo sentido.
A veces una necesita parar, pensar, respirar.
A veces una aprecia un montón el concepto en el que la tienen los demás, pero también siente la presión de sus expectativas y se niega rotundamente a asumirlas.
A veces una tiene un mal año y, después de escribirlo, reconoce que no fue malo, sólo hubo cuatro cosas complicadas en medio de cientos de cosas lindas.
A veces, ser fuerte todo el tiempo hace que una se quiebre en el momento menos esperado.
A veces, quizás, simplemente el cansancio es mucho.
miércoles, junio 26, 2019
¿Y se llevaron algo que te doliera? Mi tranquilidad
Ya pasó un mes. Ese domingo iba maravilloso. Avancé en un
artículo que era para el jueves, salí a hacer trabajo de campo, regresé, limpié
un poco el depa, escribí otro poco y quedé para ir a comer. La comida estuvo
deliciosa, la película que vimos —El
artista anónimo— estuvo increíble y la compañía más. Mientras caminábamos
de regreso, veíamos la ciudad cuasi-desolada, con unos cuantos leoneses viendo
la final del fut en restaurantes y bares. Nos despedimos, entré al depa y me
quedé en shock, alguien había entrado. Tardé en identificar qué cosas se habían
robado, quizá todavía no lo sepa del todo. En medio del caos, vi que
desaparecieron dos laptops y dinero. Después vi que se llevaron también una
alcancía y hasta un Funko de Guillermo del Toro. Hice lo que humanamente se
podía, presenté la denuncia ante el Ministerio Público —y comprobé que sólo
sirve para sumarse a las estadísticas—, cambié chapas y me fui de ahí por unos
días.
La primera noche no podía parar de llorar. Nunca, en 37
años, había sido víctima de algo así. Puedo decir que no fue tan grave, que yo
no estaba y —por lo tanto— no sufrí algún daño, que sólo fueron cosas y que el
valor de lo robado ni siquiera es tan grande. Sin embargo, yo no tendría que
haber pasado por eso. No tenemos por qué naturalizar el delito y consolarnos
con que estamos bien, porque no lo estamos. La seguridad en nuestro país y, particularmente,
en esta ciudad, es una broma.
Al mismo tiempo, creo que tampoco tenemos por qué ir al extremo
contrario y criminalizar a medio mundo. En estos días he escuchado cualquier
cantidad de preguntas sobre posibles sospechosos, casi siempre acompañadas por hipótesis
estúpidas: que si los albañiles, que si el novio de la vecina, que si alguno de
los vecinos, que si alguien random, que si alguien muy cercano a mí, que si yo
misma (WTF?). Parece haber muchas personas con una necesidad increíble de encontrar
culpables, incluso sin conocer el contexto, sin el más mínimo interés de ayudar
y quizá con muchos episodios vistos de CSI. A estas alturas ya no me importa
quién fue. Me niego a ir por la vida desconfiando de todos y teniendo miedo de
todo.
Dije esa vez que, más allá de lo material, lo que se robaron
fue mi tranquilidad. Un mes después, creo que la he ido recuperando poco a poco,
aunque es difícil. Dije también que lo único rescatable de esa semana fue la
gente que estuvo conmigo de múltiples maneras. Ustedes saben quiénes son. Ustedes saben cuánto agradezco lo que han hecho por mí.
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lunes, diciembre 31, 2018
Dosmildieciocho
2018 fue un año interesante, lleno de aprendizajes. Sigo viendo cómo se conectan las cosas y cómo van cobrando sentido con el tiempo.
Éste fue un año acelerado en unos sentidos y tranquilo en otros, acelerado por el ritmo de trabajo y porque no salía de una cosa cuando ya estaba en otras tres, tranquilo porque fue un año de sembrar cosas, de modo que el énfasis estuvo en lo cotidiano y no tanto en los grandes acontecimientos.
Precisamente lo cotidiano me hizo feliz, las cosas espontáneas, como caminar bajo la lluvia, bobear en los callejones de Guanajuato, tomar café y comer pastel en unas escaleras, salir del trabajo en la noche con harto cansancio y decidir a esas santas horas ir a tomar algo, escapar de una obra de teatro muy mala y descubrir en ese rato un lugar lindo para cenar, sonreír cuando llegan mensajes, hacer un equipo muégano en un congreso, salir de otro congreso y correr a la playa, reencontrarse con gente linda, ver que permanece otra gente linda.
Tal como fue previsto en el recuento del año pasado, ya tengo credencial leonesa. El depa ya me quedó chiquito, pero decidí quedarme más tiempo ahí por la ubicación, la vista, la comodidad... y, por supuesto, porque no hay alacranes. Este año sí logré que crecieran mis plantitas en el balcón. Fui a la ópera, a conciertos, a museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Seguí estudiando francés y osé entrar a un coro. Hice trabajo de campo y conocí gente maravillosa en el camino. También me atrofié un tobillo (oh, sí, el izquierdo, por tercera vez) y eso me llevó a etnografiar el servicio médico gringo, pero ésa es otra historia.
Hubo momentos muy tristes también. La muerte de María Elena y Sabás en mayo, con tres días de diferencia, me pegó mucho. No pude ir al funeral de ella en Ciudad de México ni al de él en Aguascalientes, porque me tocaba estar en Monterrey. La vida es muy extraña: en Monterrey conocí a María Elena diez años antes, en Monterrey la vi con vida por última vez, aquel día que bobeamos en el aeropuerto. En 2017 me pasó algo similar, la muerte de Corina me sorprendió mientras yo estaba en Buenos Aires. A los tres los llevo en el corazón.
El recuento viajero cerró en 15 aviones, ya no sé cuántos camiones, Bla Bla Car y anexas. Fui a Guanajuato (tres o cuatro veces, de entrada por salida y no me deportaron, muajajá), San Luis Potosí, San Juan de los Lagos, Monterrey, Tetela, Pachuca, Ciudad de México (aunque fuera para hacer escalas) y, por supuesto, Guadalajara y Aguascalientes. Fuera del país esta vez sólo me moví hacia el norte: Los Angeles, San Francisco, Moraga, Eugene y Toronto. Conservé la bonita costumbre de cerrar la maleta cuando el Uber ya está afuera y el vuelo aparece on time. Me sentí diminuta frente a las cataratas del Niagara, como cuando fui a Barrancas del Cobre y al Grand Canyon. Los vuelos retrasados hicieron chicle bomba mis negras intenciones de ir a la playa para aprovechar una espera de 8 horas en un aeropuerto. El cansancio me hizo cancelar algunos viajes que había planeado (Cuernavaca, Ciudad de México, Minneapolis, Montreal... este último sí que me dolió), pero ya recuperé fuerzas y empecé a planear los de 2019 (habemus vuelo para las vacaciones de Semana Santa, habemus).
Las dos películas que más me impactaron en el año fueron The shape of water de Guillermo del Toro y Roma de Alfonso Cuarón. La primera por la capacidad de replantear una historia de fantasía, la segunda por la capacidad de articular una historia de la vida cotidiana con los cambios urbanos, las desigualdades sociales y los acontecimientos sociopolíticos de nuestro país. Coincidentemente, las dos son historias muy personales de mis dos directores mexicanos favoritos. Por supuesto que mantuve mi fascinación por las películas de superhéroes, me impactó la desaparición de tantos personajes con el chasquido de Thanos en Avengers: Infinity War y en estos últimos días me sorprendió gratamente Spiderman into the Spider Verse.
Según Spotify, escuché 58471 minutos de música (sorprendentemente, menos que el año pasado). La canción que más escuché fue "Mombasa", de la banda sonora de Inception que hizo Hans Zimmer. La que más anduve tarareando fue "You'll never know", de la banda sonora de The shape of water, en la voz de Renée Fleming.
Buena parte de mi año quedó registrada en Instagram. Éstas fueron mis #2018bestnine según la aplicación.
En realidad sólo fueron las más populares y, curiosamente, fue una selección muy Canadian, cuatro de las fotos son de aquellos rumbos. Sin embargo, yo hice #myalternative2018bestnine.
Más allá de los viajes, lo que más disfruto es regresar con mi familia, disfrutar a mi mamá, mis perros y gata, salir con los amigos que dejé en Aguascalientes... y eso es lo que he hecho en estos días.
Desde este humilde -y casi abandonado- blog, ¡feliz 2019 a todos!
Éste fue un año acelerado en unos sentidos y tranquilo en otros, acelerado por el ritmo de trabajo y porque no salía de una cosa cuando ya estaba en otras tres, tranquilo porque fue un año de sembrar cosas, de modo que el énfasis estuvo en lo cotidiano y no tanto en los grandes acontecimientos.
Precisamente lo cotidiano me hizo feliz, las cosas espontáneas, como caminar bajo la lluvia, bobear en los callejones de Guanajuato, tomar café y comer pastel en unas escaleras, salir del trabajo en la noche con harto cansancio y decidir a esas santas horas ir a tomar algo, escapar de una obra de teatro muy mala y descubrir en ese rato un lugar lindo para cenar, sonreír cuando llegan mensajes, hacer un equipo muégano en un congreso, salir de otro congreso y correr a la playa, reencontrarse con gente linda, ver que permanece otra gente linda.
Tal como fue previsto en el recuento del año pasado, ya tengo credencial leonesa. El depa ya me quedó chiquito, pero decidí quedarme más tiempo ahí por la ubicación, la vista, la comodidad... y, por supuesto, porque no hay alacranes. Este año sí logré que crecieran mis plantitas en el balcón. Fui a la ópera, a conciertos, a museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Seguí estudiando francés y osé entrar a un coro. Hice trabajo de campo y conocí gente maravillosa en el camino. También me atrofié un tobillo (oh, sí, el izquierdo, por tercera vez) y eso me llevó a etnografiar el servicio médico gringo, pero ésa es otra historia.
Hubo momentos muy tristes también. La muerte de María Elena y Sabás en mayo, con tres días de diferencia, me pegó mucho. No pude ir al funeral de ella en Ciudad de México ni al de él en Aguascalientes, porque me tocaba estar en Monterrey. La vida es muy extraña: en Monterrey conocí a María Elena diez años antes, en Monterrey la vi con vida por última vez, aquel día que bobeamos en el aeropuerto. En 2017 me pasó algo similar, la muerte de Corina me sorprendió mientras yo estaba en Buenos Aires. A los tres los llevo en el corazón.
El recuento viajero cerró en 15 aviones, ya no sé cuántos camiones, Bla Bla Car y anexas. Fui a Guanajuato (tres o cuatro veces, de entrada por salida y no me deportaron, muajajá), San Luis Potosí, San Juan de los Lagos, Monterrey, Tetela, Pachuca, Ciudad de México (aunque fuera para hacer escalas) y, por supuesto, Guadalajara y Aguascalientes. Fuera del país esta vez sólo me moví hacia el norte: Los Angeles, San Francisco, Moraga, Eugene y Toronto. Conservé la bonita costumbre de cerrar la maleta cuando el Uber ya está afuera y el vuelo aparece on time. Me sentí diminuta frente a las cataratas del Niagara, como cuando fui a Barrancas del Cobre y al Grand Canyon. Los vuelos retrasados hicieron chicle bomba mis negras intenciones de ir a la playa para aprovechar una espera de 8 horas en un aeropuerto. El cansancio me hizo cancelar algunos viajes que había planeado (Cuernavaca, Ciudad de México, Minneapolis, Montreal... este último sí que me dolió), pero ya recuperé fuerzas y empecé a planear los de 2019 (habemus vuelo para las vacaciones de Semana Santa, habemus).
Las dos películas que más me impactaron en el año fueron The shape of water de Guillermo del Toro y Roma de Alfonso Cuarón. La primera por la capacidad de replantear una historia de fantasía, la segunda por la capacidad de articular una historia de la vida cotidiana con los cambios urbanos, las desigualdades sociales y los acontecimientos sociopolíticos de nuestro país. Coincidentemente, las dos son historias muy personales de mis dos directores mexicanos favoritos. Por supuesto que mantuve mi fascinación por las películas de superhéroes, me impactó la desaparición de tantos personajes con el chasquido de Thanos en Avengers: Infinity War y en estos últimos días me sorprendió gratamente Spiderman into the Spider Verse.
Según Spotify, escuché 58471 minutos de música (sorprendentemente, menos que el año pasado). La canción que más escuché fue "Mombasa", de la banda sonora de Inception que hizo Hans Zimmer. La que más anduve tarareando fue "You'll never know", de la banda sonora de The shape of water, en la voz de Renée Fleming.
Buena parte de mi año quedó registrada en Instagram. Éstas fueron mis #2018bestnine según la aplicación.
En realidad sólo fueron las más populares y, curiosamente, fue una selección muy Canadian, cuatro de las fotos son de aquellos rumbos. Sin embargo, yo hice #myalternative2018bestnine.
Más allá de los viajes, lo que más disfruto es regresar con mi familia, disfrutar a mi mamá, mis perros y gata, salir con los amigos que dejé en Aguascalientes... y eso es lo que he hecho en estos días.
Desde este humilde -y casi abandonado- blog, ¡feliz 2019 a todos!
sábado, diciembre 15, 2018
Con ellos yo veía los aviones
Ya que andamos todos memoriosos con #MyROMA, les cuento: Mi papá era quien me llevaba y traía del kínder. Era un tipo muy alto, así que recuerdo dos cosas: que era muy fácil encontrarlo a la salida (la cabeza que sobresalía a cualquier otra) y que yo -en aquel tiempo chaparrita y flaquitita- parecía más una extensión de su brazo que una persona. Era obsesivo con la puntualidad, así que siempre estuve a tiempo. Sin embargo, un día tuvo un problema con su reloj y no estuvo ahí a las 12 del día. Lo que yo recuerdo es que todos se fueron y yo buscaba aquel andar tan particular entre la gente, pero no aparecía. Una de las asistentes me llevó a los juegos para entretenerme un poco. Mientras tanto, en casa, mi mamá estaba muy preocupada al ver que no llegábamos. Fue al kínder, encontró aquella escena de la niña y la asistente en una escuela casi vacía. Le agradeció por cuidarme y me llevó de regreso a casa. Ni les cuento cómo le fue a mi papá cuando volvió, dos horas tarde, con un reloj que se había parado a las 11:30 AM.
En aquel tiempo era terriblemente tímida. No tuve hermanos, así que mi vida transcurría con adultos. Los hijos de los amigos de mis papás eran mayores que yo, así que me resultaba fácil interactuar con mayores, pero muy difícil con los de mi edad. También era francamente soberbia. Aprendí a leer y escribir a los 4 años y eso me daba una sensación de superioridad frente a mis compañeros, que seguían haciendo líneas y bolitas. Viajábamos mucho, la mayoría de las veces a lugares cercanos y sin planes. En mi cabeza, Guadalajara era la ciudad de las casas grandotas (edificios, pues), Guanajuato era donde había callejones y Zacatecas era donde estaba la Bufa (yo ya odiaba la Bufa). El viaje que más representa la relación entre mis padres y yo fue uno a Vallarta: mi papá no veía peligro en que yo jugara en la playa, mientras mi mamá veía la zona de olas altas cual si fuera zona de tornados. Había tres cosas en las que sí coincidían: tenían personalidades muy fuertes, lo más importante para ellos era yo (o eso decían, jaja) y construyeron una idea del compromiso muy rara para los años 80. Ya he contado otras veces que nunca se casaron (pecado mortal para las sociedades conservadoras de aquel tiempo y para sus familias, auch), su compromiso era sólo de palabra y así duró 24 años, hasta que él murió. Tenían un ritual que yo entonces no entendía y ahora valoro mucho: todos los días a las 7 PM tomaban café y hablaban, el mundo podía caerse mientras tanto (y el mundo podía ser yo, por supuesto), pero ese momento era suyo y de nadie más.
Ésta que ven está hecha -entre otras cosas- de esa historia. Soy obsesiva con la puntualidad (que no siempre logre llegar a tiempo no significa que no me importe) y ñoña como mi padre. Me encanta salir, soy sociable y también canto, como mi madre. Amo viajar y tengo el superpoder de hacer y deshacer maletas en 10 minutos. Ya no soy tímida, pero por momentos sigo luchando contra la soberbia. Dicen los que me conocen que también tengo una personalidad tantito intensa, como ellos. La vida da muchas vueltas y esos lugares que recorrimos tantas veces se convirtieron en parte de mi vida adulta: mi primer trabajo académico fue en Zacatecas, estudié en Guadalajara y ahora trabajo en León. A veces todavía encuentro ese andar tan particular entre la gente, aunque murió hace 15 años. Hablo por teléfono todos los días con mi mamá. Y, cuando veo los aviones desde el balcón (no en el charco), siempre los recuerdo a ellos, MaryChuy y Luis.
En aquel tiempo era terriblemente tímida. No tuve hermanos, así que mi vida transcurría con adultos. Los hijos de los amigos de mis papás eran mayores que yo, así que me resultaba fácil interactuar con mayores, pero muy difícil con los de mi edad. También era francamente soberbia. Aprendí a leer y escribir a los 4 años y eso me daba una sensación de superioridad frente a mis compañeros, que seguían haciendo líneas y bolitas. Viajábamos mucho, la mayoría de las veces a lugares cercanos y sin planes. En mi cabeza, Guadalajara era la ciudad de las casas grandotas (edificios, pues), Guanajuato era donde había callejones y Zacatecas era donde estaba la Bufa (yo ya odiaba la Bufa). El viaje que más representa la relación entre mis padres y yo fue uno a Vallarta: mi papá no veía peligro en que yo jugara en la playa, mientras mi mamá veía la zona de olas altas cual si fuera zona de tornados. Había tres cosas en las que sí coincidían: tenían personalidades muy fuertes, lo más importante para ellos era yo (o eso decían, jaja) y construyeron una idea del compromiso muy rara para los años 80. Ya he contado otras veces que nunca se casaron (pecado mortal para las sociedades conservadoras de aquel tiempo y para sus familias, auch), su compromiso era sólo de palabra y así duró 24 años, hasta que él murió. Tenían un ritual que yo entonces no entendía y ahora valoro mucho: todos los días a las 7 PM tomaban café y hablaban, el mundo podía caerse mientras tanto (y el mundo podía ser yo, por supuesto), pero ese momento era suyo y de nadie más.
Ésta que ven está hecha -entre otras cosas- de esa historia. Soy obsesiva con la puntualidad (que no siempre logre llegar a tiempo no significa que no me importe) y ñoña como mi padre. Me encanta salir, soy sociable y también canto, como mi madre. Amo viajar y tengo el superpoder de hacer y deshacer maletas en 10 minutos. Ya no soy tímida, pero por momentos sigo luchando contra la soberbia. Dicen los que me conocen que también tengo una personalidad tantito intensa, como ellos. La vida da muchas vueltas y esos lugares que recorrimos tantas veces se convirtieron en parte de mi vida adulta: mi primer trabajo académico fue en Zacatecas, estudié en Guadalajara y ahora trabajo en León. A veces todavía encuentro ese andar tan particular entre la gente, aunque murió hace 15 años. Hablo por teléfono todos los días con mi mamá. Y, cuando veo los aviones desde el balcón (no en el charco), siempre los recuerdo a ellos, MaryChuy y Luis.
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viernes, septiembre 28, 2018
Mil veces
La última vez que vi a una amiga muy querida le dije que había visto Mil veces buenas noches y que todo en esa historia me recordaba a ella. Me dijo que la vería. No sé si alcanzó. Hoy buscaba otra cosa y di con este trailer la volví a recordar. Mil veces hasta siempre, querida.
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