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viernes, diciembre 31, 2021

Dosmilveintiuno

Regreso a este blog en el último día del 2021, otro año pandémico, otro año complicado hasta cierto punto, aunque también fue un año de crecimiento para mí.

El never-ending-home-office abarcó todo el año, con visitas ocasionales a la universidad. En octubre, el semáforo verde nos llevó de regreso al trabajo presencial. Si bien las materias que doy se mantuvieron en línea, volví a estar diariamente en la oficina y eso me permitió volver a establecer límites entre el trabajo y la casa. 

Las vacunas cambiaron muchas cosas. Dejé de sentirme un arma virológica cada vez que entraba en casa de mi mamá, pude volver a abrazarla. Volví a ver algunas amistades en vivo y dramático color. Volví a friendzonear gente (#sorrynotsorry). 

Regresé al cine un par de veces: la primera fue una función al aire libre en un ciclo de cine alemán, la segunda fue para ver Black Widow. Seguí viendo películas (unas más bobas que otras) y series (hartas hartísimas series) en Netflix y HBO Max. 

Lloré como estúpida con Blue Jay, porque la vida está llena de memorias y preguntas que alguna vez se quedaron sin responder. Volví a ver Gone with the Wind (más de 27 años después) y las sagas completas de Lord of the Rings y Harry Potter (no recordaba que este año es el 20 aniversario de ambas, pero que sirva como homenaje). Hace unos días vi Don't Look Up y no supe si reír o entrar en pánico.

Vi las tres temporadas de Borgen y espero la cuarta, por supuesto. También vi The Bold Type, que me pareció como Sex and the City para millenials... y me gustó. Me encantó Dix pour cent (con ese extraño humor francés) y, ya en modo frenchie, también Plan Cœur (cursi, cursi, pero entretenida). Sobra decir que me fascinó Sherlock, vi las cuatro temporadas cuando todavía estaban en Netflix. No podía faltar The Chair, que la vida académica es suficientemente dramática para llegar a la pantalla. En el último tramo del año, Guía Astrológica para Corazones Rotos me sacó de la fase oscura en la que andaba, entre Game of Thrones (volví a ver las ocho temporadas... en realidad, nunca la había visto completa) y Grey's Anatomy (que la temporada 17 me llevó a la lona 80 millones de veces). También vi los episodios de Blade Runner: Black Lotus que están disponibles hasta el momento, sobra decir que me agrada bastante.

Leí pocos libros, pero interesantes. Empecé el año con Viajes por el scriptorium de Paul Auster y La chica de la Leica de Helena Janeczek, lo cierro con un libro de poesía completa de Federico García Lorca y el Homenaje a Cataluña de George Orwell.

Según Spotify, la canción que más escuché es "Mais je t'aime" de Grand Corps Malade y Camille Lellouche. 



"Keep breathing" de Ingrid Michaelson volvió a estar en la lista de lo que más escuché, seguro que es por el modo pandemia. También apareció "Thank you" de Alanis Morissette, del año de la canica. Otras dos canciones clave de este año fueron "Antes que el mundo se acabe" de Residente y "Aves enjauladas" de Rozalén.

No he vuelto a viajar, pero las memorias de viajes pasados encontraron el modo de asomarse, como el día que encontré un audio de 12 horas random de un viaje que hice a Buenos Aires en 2017. El audio se grabó por accidente y me llevó cuatro años descubrir que estaba ahí. 

2021 fue también el año de la cuasi-resurrección de mi gata, gracias a un tratamiento con células madre cuando ya se había perdido toda esperanza. Mi perro también tuvo una cirugía, pero menor, quizás odió más su cono de la vergüenza que la intervención en sí misma. Mi perra siguió genial, como siempre.

Por lo demás, asumí una responsabilidad gigantesca, cumplí 40 hace unos días y a partir de enero estaré en un nuevo hogar. No puedo pedir más. ¡Salud por el 2021!

miércoles, agosto 11, 2021

Ya no vengas

Hubo un tiempo en que esta era tu canción... pero ya no.




martes, febrero 04, 2020

Revelaciones de los días recientes: I love the playing field

Volví a empezar a ver Grey's anatomy 15 años después. En aquellos tiempos era estudiante de maestría, vivía en Guadalajara, empezaba muchas cosas que puedo ver materializadas ahora. No sé qué me llevó a elegirla en medio de tantas opciones que tenía pendientes en Netflix, dice mi jefe que es la nostalgia, puede que tenga razón. El punto es que desde el primer capítulo empecé a conectar puntos. Meredith dijo algo que me recordó mucho a mí y a las decisiones que he tomado: "I could quit, but here's the thing, I love the playing field".

miércoles, enero 01, 2020

Dosmildiecinueve


Todos los años son interesantes, todos, también los que no nos encantan. He de decir que 2019 no me encantó. Emocionalmente, fue un año Exatlón —por si estaban con pendiente, es el programa favorito de mi mamá y ahora que vine un par de semanas empecé a verlo también— en el que salía de una tirolesa para entrar a una rastrera y después el lodo me tapaba los ojos, pero aún había que tirar pelotitas y atinar a cosas.


La mala noticia es que el desgaste fue mayúsculo. La buena noticia es que, como se veía venir, I won —por si también estaban con pendiente, soy más competitiva conmigo misma que con los otros, así que ese triunfo fue sobre mis propias expectativas—. Ya veremos cómo se siguen conectando las cosas.

Si el año anterior tuve que bajar el ritmo, en este no hubo manera. No pude, pero tampoco quise. Todavía no salía del drama por una carga institucional que no estuvo a discusión, cuando mi mamá se rompió la muñeca en ocho pedacitos y me tenía que partir en mil. Apenas se estaba resolviendo eso, cuando entraron a robar a mi departamento y eso abrió otra serie de problemas, unos más fuertes que otros. Ni siquiera había terminado de resolver eso, cuando ya estaba otra vez en la avalancha de viajes. Estaba al otro lado del mundo y seguía resolviendo cosas de acá. Regresé en modo Daenerys y, aunque en algún momento dudé si eso valía la pena, al final me quedó claro que valió cada maldito segundo.

Quizás el momento que mejor representa mi año fue el día que subí a la Montaña de Siete Colores. No fui yo quien decidió ir, pero acabé ahí y es algo que agradezco mucho. El punto es que, por una situación complicada que tampoco fue mi decisión, el guía del recorrido osó decirme que no iba a alcanzar a llegar a la cima. Apenas iba a empezar el drama de la vida —como acostumbro— cuando otra guía me dijo que sí podíamos llegar, pero que tendríamos que ir a su paso. Acepté el reto, fuimos y, por algún extraño motivo, estuve a nada de darme por vencida en el último tramo, estaba cansada y harta. Una vez que la guía se adelantó, no pasé ni cinco minutos ahí, vi alrededor gente tirada en el piso o vomitando porque les había pegado la altura —5mil metros sobre el nivel del mar no son cosa fácil— y caí en la cuenta de que a mí no me estaba pasando eso, así que volví a tomar los bastones de trekking y harto aire para terminar de subir. Lo logré. Llegué. Cuando la guía me vio, se puso más contenta que yo. Fue ella quien tomó esta foto, donde me veo fatal, pero que significa tanto para mí.



Hacia el fin del año hubo miles de cosas que quise aventar lejos, sólo que esta vez no eran bastones de trekking. No sé aún qué es lo que me mantiene en pie, pero heme aquí.
Hubo muchos viajes y, con ellos, mucho aprendizaje, reencuentros y gente nueva. El recuento cerró en 24 aviones, ya no sé cuántos camiones y viajes en Bla Bla Car. Fui enemil veces a Aguascalientes, seis a la Ciudad de México, cinco a Guadalajara y cinco a Guanajuato. También estuve en San Juan de los Lagos, Tetela, Zamora y Veracruz, así como en Lima, Cusco, Arequipa y otros lugares de Perú, Bogotá y Madrid. Si el año anterior fue muy anglo, éste fue muy iberoamericano. Honestamente, me cansé mucho, pero no me arrepiento. Tan no me arrepiento, que ya tengo los vuelos para las vacaciones de Semana Santa.

Me mudé por fin, aunque pronto empecé a extrañar el loftito aquel. Fui al teatro, a conciertos, museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Me hizo feliz que alguien me donara un boleto para Sarabande en el Teatro del Bicentenario cuando estaba a nada de quedar fuera. Me embobé con “Un mundo” de Ángeles Santos, en el Museo Reina Sofía y me pregunté cuántas obras de mujeres pasan a segundo plano por la cultura machista que arrastramos.



Fui al cine un poco menos de lo que hubiera querido, pero vi cosas interesantes. Vi El artista anónimo (One last deal) —el mismo día que robaron mi depa, por cierto— y me emocionó mucho ver la pasión con la que el protagonista apuesta por algo que parece perdido. Vi En guerre y llegué a la conclusión de que soy la CGT, me enfrento a lo que sea, incluso si llevo las de perder. Vi A rainy day in New York de Woody Allen en medio de la crisis y me pregunté cuál es mi hábitat. También me impactaron otras historias, como Joker y TheTwo Popes. Por si estaban con pendiente, no me gustó Avengers Endgame. Volví a ver series, me eché —entre otras cosas— las tres temporadas de Thehandmaid’s tale, eso implicó maratones y desveladas, así como una obsesión de no sé cuántos días con la escena que abre la segunda temporada, con “Thiswoman’s work” de Kate Bush. Esta última se convirtió en una de las canciones que más escuché en Spotify. Por cierto, la estadística dice que este año escuché 47,691 minutos de música, de artistas de 73 países. Una de mis favoritas fue “AveMaria” de Krzysztof Janczak, en la voz de Dorota Szczepanska.

A propósito, volví a estudiar canto. Seguí estudiando francés. En ambos fui una pésima alumna, el tiempo no me permite ser suficientemente constante, pero es lo que hay. Para mí es importante seguir siendo alumna, aprender todo el tiempo, mantenerme en las cosas que me apasionan. Eso he hecho.

Dejé el pellejo en las clases, asesorías, el trabajo de campo—incluso en un proyecto que no era mío— y hasta en la burocracia. Fui sinodal varias veces y un par de tesistas mías se titularon. Viajé a seis congresos, cerré una importante responsabilidad y no quise asumir otra… o no esta vez, al menos. Escribí mucho, dictaminé mucho también, se fueron abriendo más oportunidades. Tuve la posibilidad de irme y me quedé, no sé si soy valiente o estúpida, pero mis razones tengo.

Cerca del final del año vino la crisis. Fue una mezcla de dudas, desilusión y otras curiosidades. No importaba qué hiciera, la crisis parecía crecer y crecer y crecer, nivel me fui al cine para distraerme y varios diálogos de la película parecían preguntarme cosas. La vida da muchas vueltas, la misma persona que me sostuvo tres —o quizá más— veces, cuando estuve fatal —y a quien, por cierto, yo también sostuve otras tantas— al final hizo un muro infranqueable. Ni modo, la vida es así, pero yo no merezco tan poquito. Como sea, resistí, “with a little help of my friends”, como dice la canción. Estas últimas dos semanas regresé a recargar fuerzas en mi ciudad, con mi mamá, mis amigos —los de siempre y los de los reencuentros—, mis perros y mi gata.

Cumplí 38, muy bien vividos. Dificultades hubo muchas, pero como dije en el post anterior, fue un buen año. Sigo convencida de que la esperanza es el motor que nos mueve —no importa si se habla del mundo, el país, la academia, el trabajo o la vida personal—, pero que ella no es suficiente sin acciones. Las cosas no se transforman por sí mismas, algo habrá que hacer… en todos los escenarios.

En suma, 2019 fue interesante. Algo de eso atestiguan las fotos.



En fin, que 2020 sea interesante, desafiante, emocionante. Como decía Tolkien en modo Gandalf en Lord of the rings: The fellowship of the ring, "all we have to decide is what to do with the time that is given us".

lunes, diciembre 31, 2018

Dosmildieciocho

2018 fue un año interesante, lleno de aprendizajes. Sigo viendo cómo se conectan las cosas y cómo van cobrando sentido con el tiempo.

Éste fue un año acelerado en unos sentidos y tranquilo en otros, acelerado por el ritmo de trabajo y porque no salía de una cosa cuando ya estaba en otras tres, tranquilo porque fue un año de sembrar cosas, de modo que el énfasis estuvo en lo cotidiano y no tanto en los grandes acontecimientos.


Precisamente lo cotidiano me hizo feliz, las cosas espontáneas, como caminar bajo la lluvia, bobear en los callejones de Guanajuato, tomar café y comer pastel en unas escaleras, salir del trabajo en la noche con harto cansancio y decidir a esas santas horas ir a tomar algo, escapar de una obra de teatro muy mala y descubrir en ese rato un lugar lindo para cenar, sonreír cuando llegan mensajes, hacer un equipo muégano en un congreso, salir de otro congreso y correr a la playa, reencontrarse con gente linda, ver que permanece otra gente linda.


Tal como fue previsto en el recuento del año pasado, ya tengo credencial leonesa. El depa ya me quedó chiquito, pero decidí quedarme más tiempo ahí por la ubicación, la vista, la comodidad... y, por supuesto, porque no hay alacranes. Este año sí logré que crecieran mis plantitas en el balcón. Fui a la ópera, a conciertos, a museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Seguí estudiando francés y osé entrar a un coro. Hice trabajo de campo y conocí gente maravillosa en el camino. También me atrofié un tobillo (oh, sí, el izquierdo, por tercera vez) y eso me llevó a etnografiar el servicio médico gringo, pero ésa es otra historia.


Hubo momentos muy tristes también. La muerte de María Elena y Sabás en mayo, con tres días de diferencia, me pegó mucho. No pude ir al funeral de ella en Ciudad de México ni al de él en Aguascalientes, porque me tocaba estar en Monterrey. La vida es muy extraña: en Monterrey conocí a María Elena diez años antes, en Monterrey la vi con vida por última vez, aquel día que bobeamos en el aeropuerto. En 2017 me pasó algo similar, la muerte de Corina me sorprendió mientras yo estaba en Buenos Aires. A los tres los llevo en el corazón.


El recuento viajero cerró en 15 aviones, ya no sé cuántos camiones, Bla Bla Car y anexas. Fui a Guanajuato (tres o cuatro veces, de entrada por salida y no me deportaron, muajajá), San Luis Potosí, San Juan de los Lagos, Monterrey, Tetela, Pachuca, Ciudad de México (aunque fuera para hacer escalas) y, por supuesto, Guadalajara y Aguascalientes. Fuera del país esta vez sólo me moví hacia el norte: Los Angeles, San Francisco, Moraga, Eugene y Toronto. Conservé la bonita costumbre de cerrar la maleta cuando el Uber ya está afuera y el vuelo aparece on time. Me sentí diminuta frente a las cataratas del Niagara, como cuando fui a Barrancas del Cobre y al Grand Canyon. Los vuelos retrasados hicieron chicle bomba mis negras intenciones de ir a la playa para aprovechar una espera de 8 horas en un aeropuerto. El cansancio me hizo cancelar algunos viajes que había planeado (Cuernavaca, Ciudad de México, Minneapolis, Montreal... este último sí que me dolió), pero ya recuperé fuerzas y empecé a planear los de 2019 (habemus vuelo para las vacaciones de Semana Santa, habemus).


Las dos películas que más me impactaron en el año fueron The shape of water de Guillermo del Toro y Roma de Alfonso Cuarón. La primera por la capacidad de replantear una historia de fantasía, la segunda por la capacidad de articular una historia de la vida cotidiana con los cambios urbanos, las desigualdades sociales y los acontecimientos sociopolíticos de nuestro país. Coincidentemente, las dos son historias muy personales de mis dos directores mexicanos favoritos. Por supuesto que mantuve mi fascinación por las películas de superhéroes, me impactó la desaparición de tantos personajes con el chasquido de Thanos en Avengers: Infinity War y en estos últimos días me sorprendió gratamente Spiderman into the Spider Verse.


Según Spotify, escuché 58471 minutos de música (sorprendentemente, menos que el año pasado). La canción que más escuché fue "Mombasa", de la banda sonora de Inception que hizo Hans Zimmer. La que más anduve tarareando fue "You'll never know", de la banda sonora de The shape of water, en la voz de Renée Fleming.


Buena parte de mi año quedó registrada en Instagram. Éstas fueron mis #2018bestnine según la aplicación.





En realidad sólo fueron las más populares y, curiosamente, fue una selección muy Canadian, cuatro de las fotos son de aquellos rumbos. Sin embargo, yo hice #myalternative2018bestnine.




Más allá de los viajes, lo que más disfruto es regresar con mi familia, disfrutar a mi mamá, mis perros y gata, salir con los amigos que dejé en Aguascalientes... y eso es lo que he hecho en estos días.





Desde este humilde -y casi abandonado- blog, ¡feliz 2019 a todos!

sábado, diciembre 15, 2018

Con ellos yo veía los aviones

Ya que andamos todos memoriosos con  #MyROMA, les cuento: Mi papá era quien me llevaba y traía del kínder. Era un tipo muy alto, así que recuerdo dos cosas: que era muy fácil encontrarlo a la salida (la cabeza que sobresalía a cualquier otra) y que yo -en aquel tiempo chaparrita y flaquitita- parecía más una extensión de su brazo que una persona. Era obsesivo con la puntualidad, así que siempre estuve a tiempo. Sin embargo, un día tuvo un problema con su reloj y no estuvo ahí a las 12 del día. Lo que yo recuerdo es que todos se fueron y yo buscaba aquel andar tan particular entre la gente, pero no aparecía. Una de las asistentes me llevó a los juegos para entretenerme un poco. Mientras tanto, en casa, mi mamá estaba muy preocupada al ver que no llegábamos. Fue al kínder, encontró aquella escena de la niña y la asistente en una escuela casi vacía. Le agradeció por cuidarme y me llevó de regreso a casa. Ni les cuento cómo le fue a mi papá cuando volvió, dos horas tarde, con un reloj que se había parado a las 11:30 AM.

En aquel tiempo era terriblemente tímida. No tuve hermanos, así que mi vida transcurría con adultos. Los hijos de los amigos de mis papás eran mayores que yo, así que me resultaba fácil interactuar con mayores, pero muy difícil con los de mi edad. También era francamente soberbia. Aprendí a leer y escribir a los 4 años y eso me daba una sensación de superioridad frente a mis compañeros, que seguían haciendo líneas y bolitas. Viajábamos mucho, la mayoría de las veces a lugares cercanos y sin planes. En mi cabeza, Guadalajara era la ciudad de las casas grandotas (edificios, pues), Guanajuato era donde había callejones y Zacatecas era donde estaba la Bufa (yo ya odiaba la Bufa). El viaje que más representa la relación entre mis padres y yo fue uno a Vallarta: mi papá no veía peligro en que yo jugara en la playa, mientras mi mamá veía la zona de olas altas cual si fuera zona de tornados. Había tres cosas en las que sí coincidían: tenían personalidades muy fuertes, lo más importante para ellos era yo (o eso decían, jaja) y construyeron una idea del compromiso muy rara para los años 80. Ya he contado otras veces que nunca se casaron (pecado mortal para las sociedades conservadoras de aquel tiempo y para sus familias, auch), su compromiso era sólo de palabra y así duró 24 años, hasta que él murió. Tenían un ritual que yo entonces no entendía y ahora valoro mucho: todos los días a las 7 PM tomaban café y hablaban, el mundo podía caerse mientras tanto (y el mundo podía ser yo, por supuesto), pero ese momento era suyo y de nadie más.

Ésta que ven está hecha -entre otras cosas- de esa historia. Soy obsesiva con la puntualidad (que no siempre logre llegar a tiempo no significa que no me importe) y ñoña como mi padre. Me encanta salir, soy sociable y también canto, como mi madre. Amo viajar y tengo el superpoder de hacer y deshacer maletas en 10 minutos. Ya no soy tímida, pero por momentos sigo luchando contra la soberbia. Dicen los que me conocen que también tengo una personalidad tantito intensa, como ellos. La vida da muchas vueltas y esos lugares que recorrimos tantas veces se convirtieron en parte de mi vida adulta: mi primer trabajo académico fue en Zacatecas, estudié en Guadalajara y ahora trabajo en León. A veces todavía encuentro ese andar tan particular entre la gente, aunque murió hace 15 años. Hablo por teléfono todos los días con mi mamá. Y, cuando veo los aviones desde el balcón (no en el charco), siempre los recuerdo a ellos, MaryChuy y Luis.

domingo, diciembre 31, 2017

Dosmildiecisiete

Dejé de hacer propósitos de año nuevo desde 1997, porque pensé (y pienso) que los ciclos de la vida no dependen de las fechas en los calendarios. Sin embargo, siempre me ha gustado escribir recuentos. De hecho, desde 2005 he escrito recuentos en este bonito blog. Hoy regresé a leerlos todos y me dio gusto ver los cambios con cierta distancia. Cuando escribí tal o cual cosa, no sabía lo que vendría después, pero desde este punto miro atrás y creo entender cómo se han ido conectando unas cosas con otras, tanto en términos de mi propia vida como del contexto global.

2017 fue un año muy intenso y satisfactorio en muchos sentidos. Entre lo más relevante de mi año está que gané un premio por mi tesis doctoral y tuve que hacer un viaje relámpago a Valparaíso, Chile, para recibirlo. Fue un año de muchas satisfacciones profesionales, muchas. En ese sentido, el trabajo fue más que bien, aunque me absorbió más de lo necesario. Como sea, es un privilegio poder trabajar en algo que uno ama, con gente que uno aprecia y ése es mi caso.

En algún momento del año, supe que ya me había adaptado a León, mi ciudad de residencia desde agosto de 2016. Caí en la cuenta cuando comencé a comprar cositas para el depa y ya tenía lista de restaurantes favoritos, cuando entendí que mi círculo de amigos (y no sólo amigos) se amplió, cuando alguien se coló en mi vida cotidiana (y espero que no salga de ella) y se volvió tan simple pasar las pocas horas libres bobeando... lo único que falta es que cambie mi credencial de elector, cosa que haré en los próximos días.

Este año, o más bien, el semestre más reciente, decidí hacer un par de cosas para volver a ser la que fui sin renunciar a la que soy (dicho de otro modo, me gusta mucho la mujer que soy ahora, pero extraño muchas cosas de la que he sido antes): regresé a estudiar francés y canto. Las razones son muchas: soy una eterna estudiante y siempre tengo la necesidad de estudiar algo, amo el francés (aunque lo hable mal) y la música (aunque no me haya dedicado a ello), volver a clases significó regresar a algo que amo, ir a clases implicó obligarme a respetar tiempos para mí y no llenarlo todo de trabajo y vida social.

Aunque amo el cine, no fui tanto como de costumbre. De lo que logré ver, las películas que me resultaron más significativas fueron Wonder Woman y Your Name. Quienes me conocen saben que me encantan las historias de superhéroes, Wonder Woman me pareció increíble como tal, pero también como película más allá de los mundos de fantasía. Por supuesto, me encantó la fuerza de un personaje con el que me identifiqué de niña, pero que había dejado en el olvido. Todas las niñas deberían ver esta versión. Quienes me conocen también saben que no soy fan de las historias de adolescentes, pero Your Name es tan bonita, tan compleja, tan triste, tan profunda, tan todo a la vez, que me impactó. De hecho, parte de su banda sonora se instaló en mi mentecilla... y en mis playlists de Spotify, claro.

Por cierto, de acuerdo con el recuento de Spotify, escuché 108555 minutos de música, 5328 canciones diferentes, de 58 géneros musicales. Lo que más escuché fue de Ramin Djawadi, ha de ser porque mi playlist "Banda sonora para calificar" se compone de harta música de Game of Thrones. Por supuesto, mi canción del año es "Somewhere only we know". Ésa canté en mi presentación de canto. Ésa resume mucho de lo que viví este año.

De acuerdo con mis propias notas, este año hubo 16 aviones, pero perdí la cuenta de los viajes en autobús y Bla Bla Car. Estuve en San Luis Potosí (allá empecé el año, de hecho), la Ciudad de México (fui cuatro veces e hice escala seis veces en el aeropuerto), Querétaro, San Juan de los Lagos, Guanajuato, Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Minneapolis, Valparaíso (Chile), Monterrey y Oaxaca. Se agregó Santiago a la lista de ciudades de las que sólo conozco el aeropuerto. Se agregaron otros lugares a la lista de "por visitar". Veremos a dónde van mis pasos luego.

Fue un año de reencuentros con gente maravillosa y de conocer también a otra gente maravillosa. Puedo decir que soy feliz, que he sido muy afortunada muchos años.

jueves, marzo 09, 2017

Esa noche

Parece haber estado ahí, durante meses, en espera de ser encontrada en los archivos para atacar con un torrente de recuerdos. La rutina de respaldar en el disco duro externo, en la nube y en todo lugar, me llevó a una foto que tomé esa noche. Tomo fotos todo el tiempo y hay unas muy buenas, ésa no es una de las buenas, pero, ¿qué más da, si tiene el superpoder de trasladarme a aquella noche increíble?

miércoles, febrero 01, 2017

Llueve afuera...

"Llueve afuera, sí... y también dentro de mí, lloro por ti, porque tú te has marchado y jamás volverás. Estás lejos de mí, sin tu amor, qué dolor, la tristeza me invade y no se marchará". Así decía una canción que cantamos alguna vez, en una clase de canto. Hoy la recordé, mientras viví un episodio cómico-mágico-musical en la oficina. Sucede que, justo a la hora que salgo a comer, estaba lloviendo, así que opté por esperar a que escampara un poco. Casi 40 minutos después, dejó de llover, casi hasta salió el sol y emprendí la caminata hacia casa... pero ni siquiera logré llegar a la puerta de la universidad, cuando la tormenta había regresado. Volví a guardarme y volvió a dejar de llover. Mientras tanto, esa canción estuvo en mi mente toda la tarde... y no es la primera vez que me pasa.

miércoles, enero 25, 2017

Para después reconocernos otra vez...

A veces me asusta cuando alguien del "pasado" reaparece. Alguien de mayo se hizo presente el 1 de enero... y el 2 y el 3... y mucho más... y esta vez me dio gusto la reaparición. Él estuvo conmigo en un momento clave de mi vida (al menos, de la parte de mi vida que viví en 2016), en el cual muchos cambios se concentraron en unas horas, e hizo magia. Quiero recordar siempre ese encuentro como un momento feliz. No importa si volvemos a vernos o si no, haber coincidido aquella vez fue maravilloso.

miércoles, enero 18, 2017

dosmildieciséis

Quienes me conocen saben que en la vida cotidiana suelo ser puntual, pero saben también que, por algún extraño motivo, siempre llego tarde cuando se trata de publicar algo, no importa si se trata de fotos de algún viaje (a veces las subo un año después) o de un recuento del año, como éste. Quizás es que necesito tiempo para pensar o tal vez es simplemente que la procrastinación es parte de mi vida.

2016 fue una montaña rusa en muchos sentidos. Recibí el año en el festejo multitudinario lleno de desconocidos y fuegos pirotécnicos en San Francisco, California, con hartas incertidumbres y esperanzas. Tan pronto aterricé de regreso, fue mi examen de grado, ese bonito rito de paso con el que se cerró un ciclo de cuatro años en el doctorado (cinco, si contamos los seis meses previos y los seis meses posteriores, de trabajo, trámites y anexas) y empezó otro lleno de retos, oportunidades e incertidumbres, why not?

Tenía muy claro que era el momento de cambiar de rumbo e ir a la aventura. En uno de los primeros viajes relámpago del año, me equivoqué de línea del metro en la Ciudad de México. Yo no lo sabía entonces, pero fue la metáfora perfecta de los meses siguientes, en que se me rompieron todas las seguridades y me inundaron todas las incertidumbres, me enfermé como nunca (seis semanas de gripe y otras cuantas de varicela... sí, a mi edad), entré en crisis y llegué a un punto climático en mayo. Después de aquella semana coyuntural, todo fue más claro, igualito que en la anécdota del metro.

Cerré un ciclo de 15 años en una universidad y vine a otra, pero antes me fui tres semanas a Europa. Casualmente, había un congreso de sociología en Viena y otro de comunicación en Leicester, con dos semanas de diferencia, así que fui a ambos y aproveché para turistear. Me hizo feliz volver a Ámsterdam (¿qué importa que sólo haya sido en una escala de 10 horas antes de volar a Viena?), también conocer Viena, Cracovia (me hizo más feliz encontrar accidentalmente dos salas dedicadas a Wislawa Szymborska en un museo que no pensaba visitar) y Budapest, me volví a enamorar de París (porque Paris toujours sera Paris) y, aunque la experiencia en el British border control en la era post Brexit fue fea, también me hizo feliz conocer Londres y Leicester. Los dos congresos fueron tan desafiantes como satisfactorios, me permitieron hacer redes académicas y afectivas, así como reconocer el camino que me llevó hasta ahí.

Tan pronto regresé, me mudé a León y empecé a trabajar en una universidad increíble (cuando digo "tan pronto", me refiero al combo mágico de aterrizar en Aguascalientes, encontrar una fiesta sorpresa de bienvenida, dormir dos horas, viajar a León, dejar la maleta en el depa del amigo que me dio asilo en las primeras semanas y correr a la universidad). El ritmo se mantuvo en el semestre: investigación / docencia en licenciatura, maestría, doctorado... y hasta un diplomado, why not? / cuatro congresos en cuatro semanas / la noticia de la entrada al SNI / la escritura contrarreloj.

Por otro lado, el recuento de viajes (que tan feliz me hace cada año) cerró en diez aviones, dos trenes y vayan ustedes a saber cuántos autobuses, que me trasladaron entre San Francisco, Guadalajara, la Ciudad de México, San Juan de los Lagos, Querétaro, Ámsterdam, Viena, Cracovia, Budapest, París, Londres, Leicester, Guanajuato, San Luis Potosí y Minneapolis. Al final del año, se agregó un viaje cómico mágico musical Aguascalientes - Guadalajara - Zamora - Tangancícuaro - Ocumicho y de retache. Se agregaron Nueva York a la lista de ciudades de las que sólo conozco el aeropuerto (en la lista ya estaban Houston, Dallas, Washington, Orange County, Panamá y Barcelona) y Zamora a la de ciudades de las que sólo conozco la terminal de autobuses (ahí sólo estaban Fresnillo y Saltillo). Por supuesto, se multiplicaron los viajes entre Aguascalientes y León.

La primera película que vi en 2016 fue Joy, la última fue Bailarina, pero quizá la más significativa fue Doctor Strange. También vi Begin again alguna vez en un camión y parte de su banda sonora, "Lost stars", bien podría ser mi canción del año. Mención aparte merece la resignificación de "A waltz for a night" :)



En resumen, fue un gran año, lleno de cambios. Aquella vez, en San Francisco, compré una libreta muy interesante: tiene una pregunta para cada día del año, pero en cada una tiene cinco espacios para responder la misma pregunta durante cinco años seguidos, con el fin de hacer evidentes los cambios. En los días que van de enero, he visto tanto continuidades como cambios. Quizá por eso sigo haciendo recuentos, para hacer memoria de quién soy y cómo me voy transformando con el paso de los años.

viernes, julio 22, 2016

Paris sera toujours Paris

Nunca fue mi sueño de la vida venir a París, pero la vida me trajo aquí (y a Louvain la Neuve) en 2014, para hacer una estancia corta de investigación. Casi no hablaba francés (sigo hablando poco y mal, btw), tenía una beca en pesos mexicanos que se hacía increíblemente chiquita cuando se convertía a euros y no conocía gente por estos rumbos. Para colmo, me lastimé un tobillo en la segunda semana de estancia y me tuve que chutar una atención médica deficiente y dos semanas de la ecuación férula + escaleras y laberintos de las estaciones del metro + la poquísima o quizás inexistente solidaridad de los parisinos.

Mientras arrastraba mi patita bandola, empecé a ver a quienes iban a la misma velocidad que yo, es decir, a los viejitos. Alrededor de la CitéU que fue mi casa esas semanas, había muchos viejitos con la vida económicamente resuelta, pero con otras necesidades. Estaban solos, algunos enfermos, con problemas de movilidad... y yo, que he pasado mucho tiempo sola y he sido muy feliz sola, empecé a preguntarme si quería llegar sola a esa edad. Tuve que venir hasta acá para descubrir un miedo a la soledad que no sabía que tenía.

No sé si fue por todo lo que aprendí, por la gente linda que conocí o porque esta ciudad -a su modo- es adorable, pero se convirtió en mi casa. Ha pasado poco más de un año y medio y, al planear un viaje ñoñísimo a Viena y Leicester, sentí la necesidad de estar aquí, como si se tratara de volver a casa. Paris sera toujours Paris...

domingo, junio 19, 2016

Let me sing you a waltz

Si todo el semestre había sido una montaña rusa, la última semana de mayo fue la parte más intensa: después de una subida que parecía lenta y dolorosa, siguió una bajada sorpresiva, rápida y casi violenta. La incertidumbre, el momento de la crisis, una conversación que atravesó el Pacífico, noticias de San Luis Potosí, noticias de León, noticias de Querétaro, un British en el momento menos esperado, un evento académico, look at the expert, la noche loca, un viaje relámpago nomás por no dejar, una sala de espera con música clásica en la madrugada, el regreso, las otras dudas, el fut, un paisaje increíble, una promesa de reencuentro. No quiero olvidar cada momento de esa semana, cada lágrima, cada momento de felicidad, cada sorpresa.

jueves, abril 07, 2016

Cosas que recuerdo, cosas que no recuerdo, cosas que recuerdo distinto, cosas que no sabía

No logré levantarme de inmediato cuando sonó el despertador, no sé si atribuirlo al horario de verano, a que ésta es mi semana post-convalescencia y me encuentro aún debilucha, o a ambos, el punto es que tardé casi una hora en salir de las sábanas para ir a la ducha. Después vino el pánico, había(hay) enemil pendientes para hoy. Puse a cargar el celular y vi que tenía montones de mensajes en Whatsapp, Telegram, Facebook, Gmail, hasta un mensaje de texto había, why not? Respondí lo que pude. En eso estaba cuando vi pasar un post de Aquiles en Facebook, Aquiles el que ya casi no entra a Facebook a menos que sea para enlazar un nuevo post en su blog. Hace algún tiempo que se propuso escribir sobre sus amigos, ya hubo un post para Alex Caldera, otro para el Chamuco Varela, otro para Guillermo (a quien, por cierto, no conozco en vivo). La sorpresa es que ahora me tocó. "Mis amigos. Dorix" se llama el texto. Me quedé como boba leyendo, hay cosas que recuerdo, otras no, otras las recuerdo distinto y otras no las sabía. 

No recuerdo, por ejemplo, la actividad con María Rojo, aunque ya me aclaró que, efectivamente, yo no estuve ahí, sino que después de esa actividad nos encontramos y Alex Caldera nos presentó. Debo tener problemas mucho más graves que Dory con la memoria, porque de todos modos no me acuerdo.

Recuerdo distinto la fiesta aquella que organizó Ricardo Chávez. Hasta donde sé, no era su casa, sino de Juan Pablo de Ávila. Y quien preparó cositas para picar fue Ricardo (a mí se me puede quemar el agua), pero Carolina y yo le ayudamos a servir. Si no mal recuerdo, les hice plática porque me gustaron los Converse rosa que traía quien iba con Aquiles y después me fui a seguir en el chisme con quien se dejara y también a seguir de achichincle del anfitrión. Muchos de los que ahí estábamos, discutíamos sobre los poemas que Juan Pablo había escrito en las paredes. A veces todavía me asomo a ver las fotos de esa reunión, que Alex Caldera subió a Facebook.

No sabía, por ejemplo, que en principio le caía mal... él no me caía mal, ni en el mundo lo hacía que es distinto (ah, es que por eso le caía mal, jajaja). Fuera de broma, unas partes del texto me sacaron una lagrimita, otras una que otra sonora carcajada. 

Recuerdo perfecto los encuentros en los seminarios del Colegio de Estudios Sociales y los encuentros virtuales en Facebook, Twitter, en Messenger (cuando todavía existía el Messenger de MSN) y ahora en Telegram. En alguno de ésos, no sé cómo, tuvimos la idea de hacer el blog Si un mediodía de cuasi-invierno unos lectores, que empezamos, dejamos abandonado unos años y recuperamos hace unas semanas.

Recuerdo que en distintos momentos hemos ido a La Saturnina, el St. James, el Hasta Atrás, el Café del Codo, el ClassiqT, Mesa Urbana, el Con.tempo y algunos otros lugares del centro (alguna vez hasta nos tocó el cerco policial de las vísperas del grito de Independencia, que hacía pensar que estábamos en estado de emergencia). Recuerdo los dramas, incertidumbres, bobadas y momentos felices que hemos compartido. Recuerdo, por supuesto, que en estos años me ha tocado ver la transición entre un Aquiles con dudas, uno devastado y uno recuperado. Por cierto, el Aquiles recuperado me ha hecho bulllying desde un día que me acompañó a la farmacia a comprar Dorixina relax, un medicamento que me recetaron cuando mi dentadura experimentó dos muelas que intentaban estar en el espacio de una (después el dentista quitó una de las muelas, para que no anduvieran peleándose). 

Sobre todo, recuerdo que viajó hasta Guadalajara para estar en mi examen de doctorado... dice que es Guadalajara, no Siberia, pero siempre es significativo que alguien emprenda el viaje para ser parte de un momento importante.

Yo no sé si soy todo lo que Aquiles dice que soy, pero es lindo que alguien piense eso de una (y sí, también es lindo que alguien sea honesto y diga que una le caía mal). Coincido con lo que dice: "no sé cuándo, en qué momento, cómo desarrollamos la complicidad y el cariño que nos tenemos". Yo tampoco sé. Sólo sé que admiro el valor que ha tenido para reconstruirse y para seguir en pie cuando las cosas parecen (o más bien, son) tan difíciles. Incluso admiro su entusiasmo por volver al blog, cuando tener uno ya no es mainstream... si es que alguna vez lo fue. En fin, lo único que puedo decir es GRACIAS.


PS. Esto originalmente era una respuesta en el post de Aquiles, pero se hizo tan larga, que mejor la publiqué acá #posiestabanconpendiente #porsialguienaúnseasomaalblog.

sábado, enero 03, 2015

Dosmilcatorce

2014 pasará a la historia (a mi historia) como el año en que menos he escrito en este blog. Fue un año complicado, de claroscuros.

Me enfrenté al horror de la página en blanco... ¡con la tesis! En el mismo semestre, viví una de las experiencias más complicadas de mis años en la docencia y otra increíblemente emocionante. Fui de congresos y de estancia de investigación. Hubo cosas que se reconectaron hacia el final del año.

Hubo viajes, comida, libros y cine. Hubo relaciones de amistad y de familia que se fortalecieron. En casa, mis bestias peludas Justina, Lucas y Eufemia siguieron siendo grandes alegrías.

El recuento de viajes cerró en 37 autobuses, 19 aviones y 14 trenes, que me llevaron a Guadalajara, la Ciudad de México, León, Irapuato, San Luis Potosí, Dolores Hidalgo, San Miguel de Allende, Bogotá, París, Lisboa, Brujas, Gante, Bruselas, Louvain la Neuve, Brno, Praga, Berlín, Atenas, Roma, Zaragoza y Ámsterdam. Not bad! ¿A dónde iré en 2015?

martes, julio 08, 2014

De intrascendencias se construye la vida

Cuando han pasado algunos años y se han acumulado tantas cosas que contar, lo más fácil es no contarlas y optar por hablar de intrascendencias que terminan por resultar profundas. Algo se transformó en este tiempo, algo que ni siquiera sé explicar. Recuerdo tantas pláticas nuestras y no puedo recordar una como ésta, así de entrañable y divertida y todo a la vez.

jueves, enero 02, 2014

Dosmiltrece

2013 fue un año de viajes. El recuento indica que usé 76 autobuses foráneos, nueve aviones, tres colectivos, dos trenes, dos ferries, dos lanchas y un velero para la vagancia por Guadalajara, León, San Juan de los Lagos, Nochistlán, Valparaíso, DF, Toluca, Puebla, Chihuahua, Creel, Los Mochis, Culiacán, Melaque, Cancún, Isla Mujeres, Playa del Carmen, Cozumel, Chetumal, Bacalar,  Mérida, Izamal, Campeche, Chichén Itzá y Denver. Nada mal para unos pocos 365 días. Adivinaron, el lugar al que más veces viajé (y regresaré 80 millones de veces más) fue Guadalajara. En una de esas vueltas encontré la cura para la depresión en un puente peatonal y, en otra, me regalé una tarde de diluvio tapatío. Tuve una sensación extraña, como si mi padre me hubiera acompañado en uno de los viajes, fue el de Chihuahua - Creel - Los Mochis - Culiacán. He de confesar que en el 100% de los viajes tuve complicaciones antes de salir: terminé la maleta para ir a Toluca un minuto antes de que el taxi llegara por mí, terminé la maleta para el viaje de fin de año a Cancún diez minutos después de que el taxi llegara por mí (oh, sí, vergüenza vil).

Gran parte de esos viajes fue por motivos académicos. En ese sentido, 2013 fue un año académicamente estimulante, sobre todo en octubre. Todavía no acabo de procesar lo que aprendí en todos los sentidos. Quizá lo mejor fue la lección de sencillez y humildad que vi en Alain Touraine himself, en medio de un mundo académico que a veces nos arrastra en la soberbia.

Hubo otros viajes, emprendidos desde butacas del cine, con maravillas como El gran secreto (algún genio tradujo así The words), NoCuatro notas de amor (otro genio tradujo así Quartet), Mucho ruido y pocas nueces (Much do about nothing), Before midnightGravityThor: The dark worldIntriga (algún genio tradujo Prisoners así) y El hobbit. Mi favorita del año fue Gravity. Con Before midnight cerré un ciclo en el asiento 7 de la fila F de la sala 7 de conocido cine, meses después de que el pasado se me atravesó de golpe dos días seguidos.

A propósito de encuentros cercanos del tercer tipo, este año se registraron oportunidades de inversión no muy fiables. Volví a pensar en ciertos límites geográficos y me pregunté si los sortearé, pero la pregunta ha quedado nuevamente en el aire. Para cerrar el año, experimenté un extraño retorno a la adolescencia.

Seguí leyendo a la Szymborska (aunque sigo sin terminar los dos libros de ella que compré en la FIL en 2012) y me volvió a fascinar Italo Calvino con Si una noche de invierno un viajero. También me fascinó La invención de la soledad, de Paul Auster, me fascinó y me dolió: "Paul Auster comenzó a escribir La invención de la soledad cuando murió su padre de forma repentina", dice la contraportada. Ese libro no fue sólo mi primera lectura del autor, fue también la lectura más dolorosa que hice en 2013, fue como encontrarme con un dolor que yo sabía que estaba ahí pero de cuya dimensión no tenía idea. Los libros tienen sus momentos y éste llegó a mí, en una reedición que compré en Sanborns un día mientras hacía tiempo, justo cuando lo necesitaba.

Vi a Jorge Drexler en vivo y fui muy feliz. Eufemia llegó a mi vida (aunque tardó mil años en encontrar su nombre) y se unió al equipo animal de casa, con Lucas y Justina. Y cumplí 32, ¡aplausos!

sábado, septiembre 07, 2013

7F7 / Un beso dura lo que dura un beso...

Muchas veces he experimentado una necesidad increíble de expresar algo y ni sé por dónde empezar—ahora, por ejemplo—. Podría empezar por el principio, pero no se me da eso de la narración lineal. Podría empezar también por el final, pero uno nunca sabe cuándo algo es el final, es más, tal vez eso en lo que estoy pensando fue como el quinto final y —espero— el último y definitivo para siempre jamás. Podría incluso volver a preguntarme qué y por qué escribo en este blog, si abuso del recurso de escribir las cosas en clave y después ni yo misma sé a qué o a quién me refería. Probablemente ocurra eso con este post… o tal vez no. El punto es que muchas veces tomé la decisión de poner punto final a los restos de una historia que arrastro hace muchos años —hey, podríamos cuestionar ahora mismo mi capacidad de decisión, jaja—. A veces las historias terminan y a una le queda el complejo de Adele —por aquello del “for me, it isn’t over”— y no termina de dejar ir algunas cosas. El gran problema viene cuando una toma conciencia del paso del tiempo en el momento menos pensado. Me ocurrió el jueves, en el asiento 7 de la fila F de la sala 7 del cine más cercano a mi casa, mientras veía Before midnight. Recordé Before sunset y lo que pasaba en mi vida en aquel tiempo. Pensé que nueve años son demasiado, pero me acordé también de dos encuentros este año en el lugar menos esperado y pensé que no hay razones para tirarse al drama. Tal vez la vida habría sido muy distinta si yo hubiera decidido seguir en 2004, pero preferí no hacerlo. Tal vez la vida habría sido muy distinta si yo no hubiera fingido que todo estaba bien en 2005, pero lo hice. Y tal vez la vida habría sido muy distinta si yo hubiera asumido que esa ausencia presente continuaba escondida, haciendo daño desde dentro, todos estos años. A veces una mantiene los fantasmas en casa. A veces, una necesita una película cursi para decidir echarlos. Un beso dura lo que dura un beso y Jarabe de Palo no lo dice, pero un drama dura lo que dura un drama (de algún modo había que justificar la inclusión de este vídeo en el post).

viernes, septiembre 06, 2013

Just passing through...

Fui a ver Before sunset el 12 de marzo de 2005. Fui a ver Before midnight el 5 de septiembre de 2013. Las fechas importan, significan cosas. Aquel fue un día complicado. Éste no. Aquel día, una parte de mí se estaba muriendo, mientras veía a Celine y Jesse pasear por París. Este día me llevó más de una hora caer en la cuenta de lo que ha cambiado en este tiempo y de lo significativas que resultan a veces las fechas. Sin planearlo, este día, en que tuve que correr para alcanzar a ver la película antes de que saliera de cartelera, se ha convertido en el día de dejar ir.