Mostrando las entradas con la etiqueta escenas típicas de la vida cotidiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta escenas típicas de la vida cotidiana. Mostrar todas las entradas

miércoles, agosto 11, 2021

Ya no vengas

Hubo un tiempo en que esta era tu canción... pero ya no.




domingo, enero 03, 2021

Dosmilveinte

Se acaba el 2020 y puedo decir, como la canción de Ingrid Michaelson, que “all that I know is I’m breathing”. En el recuento de hace un año dije que había vivido un año Exatlón, porque sentí que había muchas experiencias —algunas muy duras, btw— a gran velocidad. Diría que este año fue lo contrario, pero también fue intenso, así que ya no sé, jaja.

Es un lugar común decir que 2020 fue un año difícil para el mundo, con la pandemia sin control y el confinamiento y las desigualdades y enemil cosas que estaban ahí latentes para explotar en el momento menos esperado. Sin embargo, en lo personal, fue un año de crecimiento… a trancazos, quizá, pero crecimiento.

El año inició con cambios bobos, pero interesantes, cambié de corte de pelo —de color no, por supuesto, que el rojo no está a discusión— y de perfume. También dejé de comer alrededor de la universidad y me hice el propósito de ir diario a comer a casa. Esto fue acompañado por el esfuerzo de no quedarme tiempo extra en la oficina, siempre he pensado que el hecho de que uno ame su trabajo no implica que tenga que traerlo encima 24X7. Si he de ser honesta, los cambios no empezaron con el año nuevo: seis meses antes había cambiado de departamento, después hubo una crisis y hasta hubo una ruptura. Quizá solamente fue un efecto dominó.


Todo cambió en marzo, con la pandemia y la cuarentena que, en principio, duraría hasta finales del mes, después hasta mayo y, en algún momento, ya no le vimos fin. La idea de comer en casa fue más fácil, pero aquella de no llevar trabajo ahí se colapsó por completo. El never ending home-office se coló a mi departamento —tuve que comprar un escritorio, btw— y hasta a la casa de mi mamá —donde hace varios años que solamente iba de visita, en fines de semana o en vacaciones—. Si bien me mantuve cuerda, el encierro y las horas frente a la pantalla se multiplicaron y tuvieron efectos físicos, como resequedad en los ojos, manchas en la cara y más cansancio que nunca.

El olor a cloro, Lysol y gel antibacterial se volvieron cotidianos en mi vida. Mis usos y costumbres que incluían salir dos o tres veces por semana —al café, al cine, a comer, a bobear— y viajar por lo menos tres veces en el año —a veces de vacaciones, a veces a congresos, reuniones, exámenes de grado— se transformaron por un encierro casi total, aderezado con el temor a ser un arma bacteriológica cada vez que llegaba a casa de mi mamá.

 

Reconozco que estuve en el lado del privilegio, porque mi empleo se mantuvo y mi salario también, pero estuve muy lejos de esas imágenes del encierro con tiempo para hacer ejercicio, leer y cocinar. Acá todo se volvió caos, saltar de una clase a otra y después a una asesoría, una junta y/o un congreso. Honestamente, prefiero correr de un edificio a otro —o hasta de una ciudad a otra— que saltar de Teams a Zoom a Meet a Jitsi a Webex.

Lo peor fue dobletear: si era posible estar en dos actividades al mismo tiempo, con el poder de dos compus, una al lado de la otra, no había necesidad de cancelar o mover cosas. Al principio parecía divertido, porque era una cosa de un día, pero cuando se cruzaron ALAIC y AMIC con reuniones importantes y/o con las últimas semanas de clases, se volvió algo cotidiano… y agotador, muy agotador. No quiero volver a hacerlo jamás. Quizá por eso terminé el semestre y cerré compus casi dos semanas para dedicarme a la contemplación.


 

Estas dos semanas de vacaciones sí que fueron regeneradoras, con el combo mágico de terraza, viento frío, sol calientito, perros, lectura. Ahí encontré la calma que necesitaba después del caos. Si en todo el semestre apenas había logrado leer un libro —muy bueno, por cierto, fue En estado de viaje de Clarice Lispector—, en dos semanas de vacaciones me eché dos y medio: La vida de los elfos de Muriel Barbery, Viajes por el scriptorium de Paul Auster y La chica de la Leica de Helena Janeczek.

Casi no fui al cine, creo que la última película que vi en pantallota fue Star Wars: Episode IX, The Rise of Skywalker. A cambio, esta vez sí desquité la suscripción de Netflix y vi, entre otras tantas cosas, 15 temporadas de Grey’s Anatomy en los primeros tres meses de encierro; la temporada 16 la vi con calma y ahora espero que llegue la 17. Nota al pie: Las primeras tres temporadas de esta serie las vi hace años, cuando vivía en Guadalajara y había que ver un capítulo por semana, creo que en Sony. Reencontrarme con ella tantos años después fue muy interesante.

Según Spotify, entre las canciones que más escuché están “Keep breathing” de Ingrid Michaelson, “Si” de Zaz, “Deséame suerte” de Vetusta Morla, “If I be wrong” de Wolf Larsen y “Nekojarashi” de RADWIMPS.

Este año, mi recuento de viajes incluye solamente aquellos que fueron cancelados: Helsinki y San Petersburgo, Medellín, Cancún, Colima, Beijing —que después iba a ser Tampere—, Porto Alegre, Ciudad de México, Guadalajara y otra vuelta en el Chepe. El año anterior había cerrado el recuento diciendo que ya tenía los vuelos para las vacaciones de Semana Santa, muy ilusa fui.

Creo que la última vez que fui con alguien al chisme de café fue con mi jefe, al Punta del Cielo que hay abajo de la oficina, el último fin de semana antes del caos. Lo demás han sido cafés y alcoholes en Zoom… que los ojos no necesitan más horas de pantalla, pero la vida sí necesita reencontrarse con la gente que uno ama.

 


En medio de todo lo terrible, puedo decir que la pandemia me obligó a encerrarme, pero me permitió ocuparme de lo importante: mi mamá, mis perros, mi gata y yo misma. Hice cambios, tomé decisiones y, a diferencia del año pasado que cerró con tantas dudas, esta vez hay algo de claridad.

Quizá los momentos que mejor representan mi año son las pláticas en la banqueta a un metro de distancia con mi amiga de toda la vida, el encuentro de menos de dos minutos con alguien en la esquina de mi edificio para adelantar mi regalo de cumpleaños y la cara de mi mamá cuando —aprovechando que tuvimos que ir al médico— vio las luces de Navidad en la plaza, en su primera salida en casi nueve meses.

El año pasado cerré el recuento con una frase de Tolkien —de quien, por cierto, hoy es aniversario de nacimiento— y creo que seguirá por aquí como un mantra: “all we have to decide is what to do with the time that is given us”.

martes, febrero 04, 2020

Revelaciones de los días recientes III: La ventana

Una ventana no es sólo una ventana, es un espacio que se vuelve testigo silencioso de mil cosas.
No sé cuántas veces te has quedado viendo mi ventana. No sé cuántas veces no te he visto. No sé. La oscuridad, la luz encendida, el pretexto perfecto. No sé.

Revelaciones de los días recientes: I love the playing field

Volví a empezar a ver Grey's anatomy 15 años después. En aquellos tiempos era estudiante de maestría, vivía en Guadalajara, empezaba muchas cosas que puedo ver materializadas ahora. No sé qué me llevó a elegirla en medio de tantas opciones que tenía pendientes en Netflix, dice mi jefe que es la nostalgia, puede que tenga razón. El punto es que desde el primer capítulo empecé a conectar puntos. Meredith dijo algo que me recordó mucho a mí y a las decisiones que he tomado: "I could quit, but here's the thing, I love the playing field".

lunes, diciembre 31, 2018

Dosmildieciocho

2018 fue un año interesante, lleno de aprendizajes. Sigo viendo cómo se conectan las cosas y cómo van cobrando sentido con el tiempo.

Éste fue un año acelerado en unos sentidos y tranquilo en otros, acelerado por el ritmo de trabajo y porque no salía de una cosa cuando ya estaba en otras tres, tranquilo porque fue un año de sembrar cosas, de modo que el énfasis estuvo en lo cotidiano y no tanto en los grandes acontecimientos.


Precisamente lo cotidiano me hizo feliz, las cosas espontáneas, como caminar bajo la lluvia, bobear en los callejones de Guanajuato, tomar café y comer pastel en unas escaleras, salir del trabajo en la noche con harto cansancio y decidir a esas santas horas ir a tomar algo, escapar de una obra de teatro muy mala y descubrir en ese rato un lugar lindo para cenar, sonreír cuando llegan mensajes, hacer un equipo muégano en un congreso, salir de otro congreso y correr a la playa, reencontrarse con gente linda, ver que permanece otra gente linda.


Tal como fue previsto en el recuento del año pasado, ya tengo credencial leonesa. El depa ya me quedó chiquito, pero decidí quedarme más tiempo ahí por la ubicación, la vista, la comodidad... y, por supuesto, porque no hay alacranes. Este año sí logré que crecieran mis plantitas en el balcón. Fui a la ópera, a conciertos, a museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Seguí estudiando francés y osé entrar a un coro. Hice trabajo de campo y conocí gente maravillosa en el camino. También me atrofié un tobillo (oh, sí, el izquierdo, por tercera vez) y eso me llevó a etnografiar el servicio médico gringo, pero ésa es otra historia.


Hubo momentos muy tristes también. La muerte de María Elena y Sabás en mayo, con tres días de diferencia, me pegó mucho. No pude ir al funeral de ella en Ciudad de México ni al de él en Aguascalientes, porque me tocaba estar en Monterrey. La vida es muy extraña: en Monterrey conocí a María Elena diez años antes, en Monterrey la vi con vida por última vez, aquel día que bobeamos en el aeropuerto. En 2017 me pasó algo similar, la muerte de Corina me sorprendió mientras yo estaba en Buenos Aires. A los tres los llevo en el corazón.


El recuento viajero cerró en 15 aviones, ya no sé cuántos camiones, Bla Bla Car y anexas. Fui a Guanajuato (tres o cuatro veces, de entrada por salida y no me deportaron, muajajá), San Luis Potosí, San Juan de los Lagos, Monterrey, Tetela, Pachuca, Ciudad de México (aunque fuera para hacer escalas) y, por supuesto, Guadalajara y Aguascalientes. Fuera del país esta vez sólo me moví hacia el norte: Los Angeles, San Francisco, Moraga, Eugene y Toronto. Conservé la bonita costumbre de cerrar la maleta cuando el Uber ya está afuera y el vuelo aparece on time. Me sentí diminuta frente a las cataratas del Niagara, como cuando fui a Barrancas del Cobre y al Grand Canyon. Los vuelos retrasados hicieron chicle bomba mis negras intenciones de ir a la playa para aprovechar una espera de 8 horas en un aeropuerto. El cansancio me hizo cancelar algunos viajes que había planeado (Cuernavaca, Ciudad de México, Minneapolis, Montreal... este último sí que me dolió), pero ya recuperé fuerzas y empecé a planear los de 2019 (habemus vuelo para las vacaciones de Semana Santa, habemus).


Las dos películas que más me impactaron en el año fueron The shape of water de Guillermo del Toro y Roma de Alfonso Cuarón. La primera por la capacidad de replantear una historia de fantasía, la segunda por la capacidad de articular una historia de la vida cotidiana con los cambios urbanos, las desigualdades sociales y los acontecimientos sociopolíticos de nuestro país. Coincidentemente, las dos son historias muy personales de mis dos directores mexicanos favoritos. Por supuesto que mantuve mi fascinación por las películas de superhéroes, me impactó la desaparición de tantos personajes con el chasquido de Thanos en Avengers: Infinity War y en estos últimos días me sorprendió gratamente Spiderman into the Spider Verse.


Según Spotify, escuché 58471 minutos de música (sorprendentemente, menos que el año pasado). La canción que más escuché fue "Mombasa", de la banda sonora de Inception que hizo Hans Zimmer. La que más anduve tarareando fue "You'll never know", de la banda sonora de The shape of water, en la voz de Renée Fleming.


Buena parte de mi año quedó registrada en Instagram. Éstas fueron mis #2018bestnine según la aplicación.





En realidad sólo fueron las más populares y, curiosamente, fue una selección muy Canadian, cuatro de las fotos son de aquellos rumbos. Sin embargo, yo hice #myalternative2018bestnine.




Más allá de los viajes, lo que más disfruto es regresar con mi familia, disfrutar a mi mamá, mis perros y gata, salir con los amigos que dejé en Aguascalientes... y eso es lo que he hecho en estos días.





Desde este humilde -y casi abandonado- blog, ¡feliz 2019 a todos!

sábado, diciembre 15, 2018

Con ellos yo veía los aviones

Ya que andamos todos memoriosos con  #MyROMA, les cuento: Mi papá era quien me llevaba y traía del kínder. Era un tipo muy alto, así que recuerdo dos cosas: que era muy fácil encontrarlo a la salida (la cabeza que sobresalía a cualquier otra) y que yo -en aquel tiempo chaparrita y flaquitita- parecía más una extensión de su brazo que una persona. Era obsesivo con la puntualidad, así que siempre estuve a tiempo. Sin embargo, un día tuvo un problema con su reloj y no estuvo ahí a las 12 del día. Lo que yo recuerdo es que todos se fueron y yo buscaba aquel andar tan particular entre la gente, pero no aparecía. Una de las asistentes me llevó a los juegos para entretenerme un poco. Mientras tanto, en casa, mi mamá estaba muy preocupada al ver que no llegábamos. Fue al kínder, encontró aquella escena de la niña y la asistente en una escuela casi vacía. Le agradeció por cuidarme y me llevó de regreso a casa. Ni les cuento cómo le fue a mi papá cuando volvió, dos horas tarde, con un reloj que se había parado a las 11:30 AM.

En aquel tiempo era terriblemente tímida. No tuve hermanos, así que mi vida transcurría con adultos. Los hijos de los amigos de mis papás eran mayores que yo, así que me resultaba fácil interactuar con mayores, pero muy difícil con los de mi edad. También era francamente soberbia. Aprendí a leer y escribir a los 4 años y eso me daba una sensación de superioridad frente a mis compañeros, que seguían haciendo líneas y bolitas. Viajábamos mucho, la mayoría de las veces a lugares cercanos y sin planes. En mi cabeza, Guadalajara era la ciudad de las casas grandotas (edificios, pues), Guanajuato era donde había callejones y Zacatecas era donde estaba la Bufa (yo ya odiaba la Bufa). El viaje que más representa la relación entre mis padres y yo fue uno a Vallarta: mi papá no veía peligro en que yo jugara en la playa, mientras mi mamá veía la zona de olas altas cual si fuera zona de tornados. Había tres cosas en las que sí coincidían: tenían personalidades muy fuertes, lo más importante para ellos era yo (o eso decían, jaja) y construyeron una idea del compromiso muy rara para los años 80. Ya he contado otras veces que nunca se casaron (pecado mortal para las sociedades conservadoras de aquel tiempo y para sus familias, auch), su compromiso era sólo de palabra y así duró 24 años, hasta que él murió. Tenían un ritual que yo entonces no entendía y ahora valoro mucho: todos los días a las 7 PM tomaban café y hablaban, el mundo podía caerse mientras tanto (y el mundo podía ser yo, por supuesto), pero ese momento era suyo y de nadie más.

Ésta que ven está hecha -entre otras cosas- de esa historia. Soy obsesiva con la puntualidad (que no siempre logre llegar a tiempo no significa que no me importe) y ñoña como mi padre. Me encanta salir, soy sociable y también canto, como mi madre. Amo viajar y tengo el superpoder de hacer y deshacer maletas en 10 minutos. Ya no soy tímida, pero por momentos sigo luchando contra la soberbia. Dicen los que me conocen que también tengo una personalidad tantito intensa, como ellos. La vida da muchas vueltas y esos lugares que recorrimos tantas veces se convirtieron en parte de mi vida adulta: mi primer trabajo académico fue en Zacatecas, estudié en Guadalajara y ahora trabajo en León. A veces todavía encuentro ese andar tan particular entre la gente, aunque murió hace 15 años. Hablo por teléfono todos los días con mi mamá. Y, cuando veo los aviones desde el balcón (no en el charco), siempre los recuerdo a ellos, MaryChuy y Luis.

domingo, diciembre 31, 2017

Dosmildiecisiete

Dejé de hacer propósitos de año nuevo desde 1997, porque pensé (y pienso) que los ciclos de la vida no dependen de las fechas en los calendarios. Sin embargo, siempre me ha gustado escribir recuentos. De hecho, desde 2005 he escrito recuentos en este bonito blog. Hoy regresé a leerlos todos y me dio gusto ver los cambios con cierta distancia. Cuando escribí tal o cual cosa, no sabía lo que vendría después, pero desde este punto miro atrás y creo entender cómo se han ido conectando unas cosas con otras, tanto en términos de mi propia vida como del contexto global.

2017 fue un año muy intenso y satisfactorio en muchos sentidos. Entre lo más relevante de mi año está que gané un premio por mi tesis doctoral y tuve que hacer un viaje relámpago a Valparaíso, Chile, para recibirlo. Fue un año de muchas satisfacciones profesionales, muchas. En ese sentido, el trabajo fue más que bien, aunque me absorbió más de lo necesario. Como sea, es un privilegio poder trabajar en algo que uno ama, con gente que uno aprecia y ése es mi caso.

En algún momento del año, supe que ya me había adaptado a León, mi ciudad de residencia desde agosto de 2016. Caí en la cuenta cuando comencé a comprar cositas para el depa y ya tenía lista de restaurantes favoritos, cuando entendí que mi círculo de amigos (y no sólo amigos) se amplió, cuando alguien se coló en mi vida cotidiana (y espero que no salga de ella) y se volvió tan simple pasar las pocas horas libres bobeando... lo único que falta es que cambie mi credencial de elector, cosa que haré en los próximos días.

Este año, o más bien, el semestre más reciente, decidí hacer un par de cosas para volver a ser la que fui sin renunciar a la que soy (dicho de otro modo, me gusta mucho la mujer que soy ahora, pero extraño muchas cosas de la que he sido antes): regresé a estudiar francés y canto. Las razones son muchas: soy una eterna estudiante y siempre tengo la necesidad de estudiar algo, amo el francés (aunque lo hable mal) y la música (aunque no me haya dedicado a ello), volver a clases significó regresar a algo que amo, ir a clases implicó obligarme a respetar tiempos para mí y no llenarlo todo de trabajo y vida social.

Aunque amo el cine, no fui tanto como de costumbre. De lo que logré ver, las películas que me resultaron más significativas fueron Wonder Woman y Your Name. Quienes me conocen saben que me encantan las historias de superhéroes, Wonder Woman me pareció increíble como tal, pero también como película más allá de los mundos de fantasía. Por supuesto, me encantó la fuerza de un personaje con el que me identifiqué de niña, pero que había dejado en el olvido. Todas las niñas deberían ver esta versión. Quienes me conocen también saben que no soy fan de las historias de adolescentes, pero Your Name es tan bonita, tan compleja, tan triste, tan profunda, tan todo a la vez, que me impactó. De hecho, parte de su banda sonora se instaló en mi mentecilla... y en mis playlists de Spotify, claro.

Por cierto, de acuerdo con el recuento de Spotify, escuché 108555 minutos de música, 5328 canciones diferentes, de 58 géneros musicales. Lo que más escuché fue de Ramin Djawadi, ha de ser porque mi playlist "Banda sonora para calificar" se compone de harta música de Game of Thrones. Por supuesto, mi canción del año es "Somewhere only we know". Ésa canté en mi presentación de canto. Ésa resume mucho de lo que viví este año.

De acuerdo con mis propias notas, este año hubo 16 aviones, pero perdí la cuenta de los viajes en autobús y Bla Bla Car. Estuve en San Luis Potosí (allá empecé el año, de hecho), la Ciudad de México (fui cuatro veces e hice escala seis veces en el aeropuerto), Querétaro, San Juan de los Lagos, Guanajuato, Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Minneapolis, Valparaíso (Chile), Monterrey y Oaxaca. Se agregó Santiago a la lista de ciudades de las que sólo conozco el aeropuerto. Se agregaron otros lugares a la lista de "por visitar". Veremos a dónde van mis pasos luego.

Fue un año de reencuentros con gente maravillosa y de conocer también a otra gente maravillosa. Puedo decir que soy feliz, que he sido muy afortunada muchos años.

jueves, marzo 09, 2017

Esa noche

Parece haber estado ahí, durante meses, en espera de ser encontrada en los archivos para atacar con un torrente de recuerdos. La rutina de respaldar en el disco duro externo, en la nube y en todo lugar, me llevó a una foto que tomé esa noche. Tomo fotos todo el tiempo y hay unas muy buenas, ésa no es una de las buenas, pero, ¿qué más da, si tiene el superpoder de trasladarme a aquella noche increíble?

miércoles, febrero 01, 2017

Llueve afuera...

"Llueve afuera, sí... y también dentro de mí, lloro por ti, porque tú te has marchado y jamás volverás. Estás lejos de mí, sin tu amor, qué dolor, la tristeza me invade y no se marchará". Así decía una canción que cantamos alguna vez, en una clase de canto. Hoy la recordé, mientras viví un episodio cómico-mágico-musical en la oficina. Sucede que, justo a la hora que salgo a comer, estaba lloviendo, así que opté por esperar a que escampara un poco. Casi 40 minutos después, dejó de llover, casi hasta salió el sol y emprendí la caminata hacia casa... pero ni siquiera logré llegar a la puerta de la universidad, cuando la tormenta había regresado. Volví a guardarme y volvió a dejar de llover. Mientras tanto, esa canción estuvo en mi mente toda la tarde... y no es la primera vez que me pasa.

miércoles, enero 18, 2017

dosmildieciséis

Quienes me conocen saben que en la vida cotidiana suelo ser puntual, pero saben también que, por algún extraño motivo, siempre llego tarde cuando se trata de publicar algo, no importa si se trata de fotos de algún viaje (a veces las subo un año después) o de un recuento del año, como éste. Quizás es que necesito tiempo para pensar o tal vez es simplemente que la procrastinación es parte de mi vida.

2016 fue una montaña rusa en muchos sentidos. Recibí el año en el festejo multitudinario lleno de desconocidos y fuegos pirotécnicos en San Francisco, California, con hartas incertidumbres y esperanzas. Tan pronto aterricé de regreso, fue mi examen de grado, ese bonito rito de paso con el que se cerró un ciclo de cuatro años en el doctorado (cinco, si contamos los seis meses previos y los seis meses posteriores, de trabajo, trámites y anexas) y empezó otro lleno de retos, oportunidades e incertidumbres, why not?

Tenía muy claro que era el momento de cambiar de rumbo e ir a la aventura. En uno de los primeros viajes relámpago del año, me equivoqué de línea del metro en la Ciudad de México. Yo no lo sabía entonces, pero fue la metáfora perfecta de los meses siguientes, en que se me rompieron todas las seguridades y me inundaron todas las incertidumbres, me enfermé como nunca (seis semanas de gripe y otras cuantas de varicela... sí, a mi edad), entré en crisis y llegué a un punto climático en mayo. Después de aquella semana coyuntural, todo fue más claro, igualito que en la anécdota del metro.

Cerré un ciclo de 15 años en una universidad y vine a otra, pero antes me fui tres semanas a Europa. Casualmente, había un congreso de sociología en Viena y otro de comunicación en Leicester, con dos semanas de diferencia, así que fui a ambos y aproveché para turistear. Me hizo feliz volver a Ámsterdam (¿qué importa que sólo haya sido en una escala de 10 horas antes de volar a Viena?), también conocer Viena, Cracovia (me hizo más feliz encontrar accidentalmente dos salas dedicadas a Wislawa Szymborska en un museo que no pensaba visitar) y Budapest, me volví a enamorar de París (porque Paris toujours sera Paris) y, aunque la experiencia en el British border control en la era post Brexit fue fea, también me hizo feliz conocer Londres y Leicester. Los dos congresos fueron tan desafiantes como satisfactorios, me permitieron hacer redes académicas y afectivas, así como reconocer el camino que me llevó hasta ahí.

Tan pronto regresé, me mudé a León y empecé a trabajar en una universidad increíble (cuando digo "tan pronto", me refiero al combo mágico de aterrizar en Aguascalientes, encontrar una fiesta sorpresa de bienvenida, dormir dos horas, viajar a León, dejar la maleta en el depa del amigo que me dio asilo en las primeras semanas y correr a la universidad). El ritmo se mantuvo en el semestre: investigación / docencia en licenciatura, maestría, doctorado... y hasta un diplomado, why not? / cuatro congresos en cuatro semanas / la noticia de la entrada al SNI / la escritura contrarreloj.

Por otro lado, el recuento de viajes (que tan feliz me hace cada año) cerró en diez aviones, dos trenes y vayan ustedes a saber cuántos autobuses, que me trasladaron entre San Francisco, Guadalajara, la Ciudad de México, San Juan de los Lagos, Querétaro, Ámsterdam, Viena, Cracovia, Budapest, París, Londres, Leicester, Guanajuato, San Luis Potosí y Minneapolis. Al final del año, se agregó un viaje cómico mágico musical Aguascalientes - Guadalajara - Zamora - Tangancícuaro - Ocumicho y de retache. Se agregaron Nueva York a la lista de ciudades de las que sólo conozco el aeropuerto (en la lista ya estaban Houston, Dallas, Washington, Orange County, Panamá y Barcelona) y Zamora a la de ciudades de las que sólo conozco la terminal de autobuses (ahí sólo estaban Fresnillo y Saltillo). Por supuesto, se multiplicaron los viajes entre Aguascalientes y León.

La primera película que vi en 2016 fue Joy, la última fue Bailarina, pero quizá la más significativa fue Doctor Strange. También vi Begin again alguna vez en un camión y parte de su banda sonora, "Lost stars", bien podría ser mi canción del año. Mención aparte merece la resignificación de "A waltz for a night" :)



En resumen, fue un gran año, lleno de cambios. Aquella vez, en San Francisco, compré una libreta muy interesante: tiene una pregunta para cada día del año, pero en cada una tiene cinco espacios para responder la misma pregunta durante cinco años seguidos, con el fin de hacer evidentes los cambios. En los días que van de enero, he visto tanto continuidades como cambios. Quizá por eso sigo haciendo recuentos, para hacer memoria de quién soy y cómo me voy transformando con el paso de los años.

viernes, julio 22, 2016

Paris sera toujours Paris

Nunca fue mi sueño de la vida venir a París, pero la vida me trajo aquí (y a Louvain la Neuve) en 2014, para hacer una estancia corta de investigación. Casi no hablaba francés (sigo hablando poco y mal, btw), tenía una beca en pesos mexicanos que se hacía increíblemente chiquita cuando se convertía a euros y no conocía gente por estos rumbos. Para colmo, me lastimé un tobillo en la segunda semana de estancia y me tuve que chutar una atención médica deficiente y dos semanas de la ecuación férula + escaleras y laberintos de las estaciones del metro + la poquísima o quizás inexistente solidaridad de los parisinos.

Mientras arrastraba mi patita bandola, empecé a ver a quienes iban a la misma velocidad que yo, es decir, a los viejitos. Alrededor de la CitéU que fue mi casa esas semanas, había muchos viejitos con la vida económicamente resuelta, pero con otras necesidades. Estaban solos, algunos enfermos, con problemas de movilidad... y yo, que he pasado mucho tiempo sola y he sido muy feliz sola, empecé a preguntarme si quería llegar sola a esa edad. Tuve que venir hasta acá para descubrir un miedo a la soledad que no sabía que tenía.

No sé si fue por todo lo que aprendí, por la gente linda que conocí o porque esta ciudad -a su modo- es adorable, pero se convirtió en mi casa. Ha pasado poco más de un año y medio y, al planear un viaje ñoñísimo a Viena y Leicester, sentí la necesidad de estar aquí, como si se tratara de volver a casa. Paris sera toujours Paris...

domingo, febrero 16, 2014

Dice que siempre ha tenido suerte...

"Las mujeres guapas son tontas y las que no son tontas tampoco son guapas", dijo. El punto es que se lo dijo a una que no es tonta. Este tipo -grandote y musculoso, por cierto- me ha recordado rete-harto a Don Jon y su gran frase de apertura de la película: "There's only a few thing I really care about life, my body, my pad, my ride, my family, my church, my boys, my girls, my porn". Lo malo es que estaba tan pasmada con lo que dijo, que no se me ocurrió preguntarle si él cabía también en una adaptación de su propia clasificación (medianamente guapo y musculoso = hueco), nada más para ver qué decía.

Cuando planteó su categoría tan limitada, había dicho también que ha tenido suerte, porque sólo ha tenido novias guapas (supongo que ellas son parte de su evidencia empírica para afirmar que guapa = tonta, inteligente = fea), pero ya no me quedó claro en qué consiste su idea de suerte. Suerte la mía, que aunque en este preciso momento de mi vida estoy sola, he conocido hombres maravillosos, que no han tratado de clasificarme en categorías así de limitadas, sino que han visto enemil dimensiones más de mí y de las otras mujeres con las que han compartido parte de sus vidas.

martes, febrero 11, 2014

There is music in the streets...

Tengo una extraña fascinación por las calles de las ciudades, siempre he pensado que estas últimas se conocen mejor a pie o en transporte público. Ayer llevé a alguien a conocer el centro de mi ciudad y, mientras caminábamos, todo me pareció tan lleno de vida, tan sorprendente, algo como el descubrimiento cotidiano de las calles que siempre han estado ahí.


There is music in the streets, and harmony in machines. 
There's everything i need to do, a little dance for me.

jueves, enero 02, 2014

Dosmiltrece

2013 fue un año de viajes. El recuento indica que usé 76 autobuses foráneos, nueve aviones, tres colectivos, dos trenes, dos ferries, dos lanchas y un velero para la vagancia por Guadalajara, León, San Juan de los Lagos, Nochistlán, Valparaíso, DF, Toluca, Puebla, Chihuahua, Creel, Los Mochis, Culiacán, Melaque, Cancún, Isla Mujeres, Playa del Carmen, Cozumel, Chetumal, Bacalar,  Mérida, Izamal, Campeche, Chichén Itzá y Denver. Nada mal para unos pocos 365 días. Adivinaron, el lugar al que más veces viajé (y regresaré 80 millones de veces más) fue Guadalajara. En una de esas vueltas encontré la cura para la depresión en un puente peatonal y, en otra, me regalé una tarde de diluvio tapatío. Tuve una sensación extraña, como si mi padre me hubiera acompañado en uno de los viajes, fue el de Chihuahua - Creel - Los Mochis - Culiacán. He de confesar que en el 100% de los viajes tuve complicaciones antes de salir: terminé la maleta para ir a Toluca un minuto antes de que el taxi llegara por mí, terminé la maleta para el viaje de fin de año a Cancún diez minutos después de que el taxi llegara por mí (oh, sí, vergüenza vil).

Gran parte de esos viajes fue por motivos académicos. En ese sentido, 2013 fue un año académicamente estimulante, sobre todo en octubre. Todavía no acabo de procesar lo que aprendí en todos los sentidos. Quizá lo mejor fue la lección de sencillez y humildad que vi en Alain Touraine himself, en medio de un mundo académico que a veces nos arrastra en la soberbia.

Hubo otros viajes, emprendidos desde butacas del cine, con maravillas como El gran secreto (algún genio tradujo así The words), No, Cuatro notas de amor (otro genio tradujo así Quartet), Mucho ruido y pocas nueces (Much do about nothing), Before midnight, Gravity, Thor: The dark world, Intriga (algún genio tradujo Prisoners así) y El hobbit. Mi favorita del año fue Gravity. Con Before midnight cerré un ciclo en el asiento 7 de la fila F de la sala 7 de conocido cine, meses después de que el pasado se me atravesó de golpe dos días seguidos.

A propósito de encuentros cercanos del tercer tipo, este año se registraron oportunidades de inversión no muy fiables. Volví a pensar en ciertos límites geográficos y me pregunté si los sortearé, pero la pregunta ha quedado nuevamente en el aire. Para cerrar el año, experimenté un extraño retorno a la adolescencia.

Seguí leyendo a la Szymborska (aunque sigo sin terminar los dos libros de ella que compré en la FIL en 2012) y me volvió a fascinar Italo Calvino con Si una noche de invierno un viajero. También me fascinó La invención de la soledad, de Paul Auster, me fascinó y me dolió: "Paul Auster comenzó a escribir La invención de la soledad cuando murió su padre de forma repentina", dice la contraportada. Ese libro no fue sólo mi primera lectura del autor, fue también la lectura más dolorosa que hice en 2013, fue como encontrarme con un dolor que yo sabía que estaba ahí pero de cuya dimensión no tenía idea. Los libros tienen sus momentos y éste llegó a mí, en una reedición que compré en Sanborns un día mientras hacía tiempo, justo cuando lo necesitaba.

Vi a Jorge Drexler en vivo y fui muy feliz. Eufemia llegó a mi vida (aunque tardó mil años en encontrar su nombre) y se unió al equipo animal de casa, con Lucas y Justina. Y cumplí 32, ¡aplausos!

miércoles, enero 01, 2014

Treinta y dos

Los treinta y dos llegaron mientras volaba escapando del frío. Celebré con una botella de tinto, en algún hotel de un lugar donde el invierno se vive a 28ºC. Perdí la batalla contra el sol, comprobé que mi capacidad de asombro sigue viva, le di la vuelta a la península, comí como si no hubiera mañana, tomé como 1500 fotos y regresé a casa. En suma, los treinta y dos llegaron mientras hacía lo que me gusta: viajar. Qué felicidad.

sábado, octubre 12, 2013

Cómo deprimirse y recuperarse en cinco pasos

Paso 1. Aborde usted el tren ligero de Guadalajara, en la estación Washington, con destino a Periférico Sur y advierta usted que hay gente suficiente para que el vagón califique como lata de sardinas.
Paso 2. Experimente usted la sensación de soledad más fuerte de los años recientes, en medio de la multitud.
Paso 3. Descubra que ha llegado a Periférico Sur, deje que todos salgan y camine despacio en un pasillo, luego otro y en la escalera. Continúe a ese paso para subir el puente que está justo afuera.
Paso 4. Note, a la mitad del puente, que el camioncito de su universidad ha llegado. Piense que, si lo pierde, tendrá que esperar 15 minutos más bajo el sol del mediodía. Reaccione y corra, haga señales para que el chofer no se vaya, saque como pueda la credencial que le acredita como estudiante y aborde el bendito camión. Encuentre una sensación de comunidad en el tipo que llegó atrás, después de vivir la misma experiencia de atravesar corriendo el puente.
Paso 5. Ría mientras el camioncito transita entre los baches hasta la universidad. No olvide dar las gracias al chofer.

sábado, septiembre 14, 2013

Tarde de viernes

A veces ocurre que una entrevista es interesantísima, pero que el chisme post-entrevista resulta más interesante aún... y divertido.

A veces una encuentra afinidades de modo inesperado.

Pero no siempre sucede que una escuche a alguien 12 años menor y tenga la impresión de que se está escuchando a sí misma a los 19. Sorprendida estoy.


Las horas...

Tal vez no consiga días de 72 horas, pero ahora puedo llevar las horas colgadas del cuello. Gracias, Luda.

sábado, septiembre 07, 2013

7F7 / Un beso dura lo que dura un beso...

Muchas veces he experimentado una necesidad increíble de expresar algo y ni sé por dónde empezar—ahora, por ejemplo—. Podría empezar por el principio, pero no se me da eso de la narración lineal. Podría empezar también por el final, pero uno nunca sabe cuándo algo es el final, es más, tal vez eso en lo que estoy pensando fue como el quinto final y —espero— el último y definitivo para siempre jamás. Podría incluso volver a preguntarme qué y por qué escribo en este blog, si abuso del recurso de escribir las cosas en clave y después ni yo misma sé a qué o a quién me refería. Probablemente ocurra eso con este post… o tal vez no. El punto es que muchas veces tomé la decisión de poner punto final a los restos de una historia que arrastro hace muchos años —hey, podríamos cuestionar ahora mismo mi capacidad de decisión, jaja—. A veces las historias terminan y a una le queda el complejo de Adele —por aquello del “for me, it isn’t over”— y no termina de dejar ir algunas cosas. El gran problema viene cuando una toma conciencia del paso del tiempo en el momento menos pensado. Me ocurrió el jueves, en el asiento 7 de la fila F de la sala 7 del cine más cercano a mi casa, mientras veía Before midnight. Recordé Before sunset y lo que pasaba en mi vida en aquel tiempo. Pensé que nueve años son demasiado, pero me acordé también de dos encuentros este año en el lugar menos esperado y pensé que no hay razones para tirarse al drama. Tal vez la vida habría sido muy distinta si yo hubiera decidido seguir en 2004, pero preferí no hacerlo. Tal vez la vida habría sido muy distinta si yo no hubiera fingido que todo estaba bien en 2005, pero lo hice. Y tal vez la vida habría sido muy distinta si yo hubiera asumido que esa ausencia presente continuaba escondida, haciendo daño desde dentro, todos estos años. A veces una mantiene los fantasmas en casa. A veces, una necesita una película cursi para decidir echarlos. Un beso dura lo que dura un beso y Jarabe de Palo no lo dice, pero un drama dura lo que dura un drama (de algún modo había que justificar la inclusión de este vídeo en el post).

martes, agosto 20, 2013

Puedo ponerme digno y decir...

"Toma mi dirección, cuando te hartes de amores baratos, de un rato, me llamas", me dijo. ¡Plop y más plop!