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domingo, enero 03, 2021

Dosmilveinte

Se acaba el 2020 y puedo decir, como la canción de Ingrid Michaelson, que “all that I know is I’m breathing”. En el recuento de hace un año dije que había vivido un año Exatlón, porque sentí que había muchas experiencias —algunas muy duras, btw— a gran velocidad. Diría que este año fue lo contrario, pero también fue intenso, así que ya no sé, jaja.

Es un lugar común decir que 2020 fue un año difícil para el mundo, con la pandemia sin control y el confinamiento y las desigualdades y enemil cosas que estaban ahí latentes para explotar en el momento menos esperado. Sin embargo, en lo personal, fue un año de crecimiento… a trancazos, quizá, pero crecimiento.

El año inició con cambios bobos, pero interesantes, cambié de corte de pelo —de color no, por supuesto, que el rojo no está a discusión— y de perfume. También dejé de comer alrededor de la universidad y me hice el propósito de ir diario a comer a casa. Esto fue acompañado por el esfuerzo de no quedarme tiempo extra en la oficina, siempre he pensado que el hecho de que uno ame su trabajo no implica que tenga que traerlo encima 24X7. Si he de ser honesta, los cambios no empezaron con el año nuevo: seis meses antes había cambiado de departamento, después hubo una crisis y hasta hubo una ruptura. Quizá solamente fue un efecto dominó.


Todo cambió en marzo, con la pandemia y la cuarentena que, en principio, duraría hasta finales del mes, después hasta mayo y, en algún momento, ya no le vimos fin. La idea de comer en casa fue más fácil, pero aquella de no llevar trabajo ahí se colapsó por completo. El never ending home-office se coló a mi departamento —tuve que comprar un escritorio, btw— y hasta a la casa de mi mamá —donde hace varios años que solamente iba de visita, en fines de semana o en vacaciones—. Si bien me mantuve cuerda, el encierro y las horas frente a la pantalla se multiplicaron y tuvieron efectos físicos, como resequedad en los ojos, manchas en la cara y más cansancio que nunca.

El olor a cloro, Lysol y gel antibacterial se volvieron cotidianos en mi vida. Mis usos y costumbres que incluían salir dos o tres veces por semana —al café, al cine, a comer, a bobear— y viajar por lo menos tres veces en el año —a veces de vacaciones, a veces a congresos, reuniones, exámenes de grado— se transformaron por un encierro casi total, aderezado con el temor a ser un arma bacteriológica cada vez que llegaba a casa de mi mamá.

 

Reconozco que estuve en el lado del privilegio, porque mi empleo se mantuvo y mi salario también, pero estuve muy lejos de esas imágenes del encierro con tiempo para hacer ejercicio, leer y cocinar. Acá todo se volvió caos, saltar de una clase a otra y después a una asesoría, una junta y/o un congreso. Honestamente, prefiero correr de un edificio a otro —o hasta de una ciudad a otra— que saltar de Teams a Zoom a Meet a Jitsi a Webex.

Lo peor fue dobletear: si era posible estar en dos actividades al mismo tiempo, con el poder de dos compus, una al lado de la otra, no había necesidad de cancelar o mover cosas. Al principio parecía divertido, porque era una cosa de un día, pero cuando se cruzaron ALAIC y AMIC con reuniones importantes y/o con las últimas semanas de clases, se volvió algo cotidiano… y agotador, muy agotador. No quiero volver a hacerlo jamás. Quizá por eso terminé el semestre y cerré compus casi dos semanas para dedicarme a la contemplación.


 

Estas dos semanas de vacaciones sí que fueron regeneradoras, con el combo mágico de terraza, viento frío, sol calientito, perros, lectura. Ahí encontré la calma que necesitaba después del caos. Si en todo el semestre apenas había logrado leer un libro —muy bueno, por cierto, fue En estado de viaje de Clarice Lispector—, en dos semanas de vacaciones me eché dos y medio: La vida de los elfos de Muriel Barbery, Viajes por el scriptorium de Paul Auster y La chica de la Leica de Helena Janeczek.

Casi no fui al cine, creo que la última película que vi en pantallota fue Star Wars: Episode IX, The Rise of Skywalker. A cambio, esta vez sí desquité la suscripción de Netflix y vi, entre otras tantas cosas, 15 temporadas de Grey’s Anatomy en los primeros tres meses de encierro; la temporada 16 la vi con calma y ahora espero que llegue la 17. Nota al pie: Las primeras tres temporadas de esta serie las vi hace años, cuando vivía en Guadalajara y había que ver un capítulo por semana, creo que en Sony. Reencontrarme con ella tantos años después fue muy interesante.

Según Spotify, entre las canciones que más escuché están “Keep breathing” de Ingrid Michaelson, “Si” de Zaz, “Deséame suerte” de Vetusta Morla, “If I be wrong” de Wolf Larsen y “Nekojarashi” de RADWIMPS.

Este año, mi recuento de viajes incluye solamente aquellos que fueron cancelados: Helsinki y San Petersburgo, Medellín, Cancún, Colima, Beijing —que después iba a ser Tampere—, Porto Alegre, Ciudad de México, Guadalajara y otra vuelta en el Chepe. El año anterior había cerrado el recuento diciendo que ya tenía los vuelos para las vacaciones de Semana Santa, muy ilusa fui.

Creo que la última vez que fui con alguien al chisme de café fue con mi jefe, al Punta del Cielo que hay abajo de la oficina, el último fin de semana antes del caos. Lo demás han sido cafés y alcoholes en Zoom… que los ojos no necesitan más horas de pantalla, pero la vida sí necesita reencontrarse con la gente que uno ama.

 


En medio de todo lo terrible, puedo decir que la pandemia me obligó a encerrarme, pero me permitió ocuparme de lo importante: mi mamá, mis perros, mi gata y yo misma. Hice cambios, tomé decisiones y, a diferencia del año pasado que cerró con tantas dudas, esta vez hay algo de claridad.

Quizá los momentos que mejor representan mi año son las pláticas en la banqueta a un metro de distancia con mi amiga de toda la vida, el encuentro de menos de dos minutos con alguien en la esquina de mi edificio para adelantar mi regalo de cumpleaños y la cara de mi mamá cuando —aprovechando que tuvimos que ir al médico— vio las luces de Navidad en la plaza, en su primera salida en casi nueve meses.

El año pasado cerré el recuento con una frase de Tolkien —de quien, por cierto, hoy es aniversario de nacimiento— y creo que seguirá por aquí como un mantra: “all we have to decide is what to do with the time that is given us”.

lunes, diciembre 31, 2018

Dosmildieciocho

2018 fue un año interesante, lleno de aprendizajes. Sigo viendo cómo se conectan las cosas y cómo van cobrando sentido con el tiempo.

Éste fue un año acelerado en unos sentidos y tranquilo en otros, acelerado por el ritmo de trabajo y porque no salía de una cosa cuando ya estaba en otras tres, tranquilo porque fue un año de sembrar cosas, de modo que el énfasis estuvo en lo cotidiano y no tanto en los grandes acontecimientos.


Precisamente lo cotidiano me hizo feliz, las cosas espontáneas, como caminar bajo la lluvia, bobear en los callejones de Guanajuato, tomar café y comer pastel en unas escaleras, salir del trabajo en la noche con harto cansancio y decidir a esas santas horas ir a tomar algo, escapar de una obra de teatro muy mala y descubrir en ese rato un lugar lindo para cenar, sonreír cuando llegan mensajes, hacer un equipo muégano en un congreso, salir de otro congreso y correr a la playa, reencontrarse con gente linda, ver que permanece otra gente linda.


Tal como fue previsto en el recuento del año pasado, ya tengo credencial leonesa. El depa ya me quedó chiquito, pero decidí quedarme más tiempo ahí por la ubicación, la vista, la comodidad... y, por supuesto, porque no hay alacranes. Este año sí logré que crecieran mis plantitas en el balcón. Fui a la ópera, a conciertos, a museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Seguí estudiando francés y osé entrar a un coro. Hice trabajo de campo y conocí gente maravillosa en el camino. También me atrofié un tobillo (oh, sí, el izquierdo, por tercera vez) y eso me llevó a etnografiar el servicio médico gringo, pero ésa es otra historia.


Hubo momentos muy tristes también. La muerte de María Elena y Sabás en mayo, con tres días de diferencia, me pegó mucho. No pude ir al funeral de ella en Ciudad de México ni al de él en Aguascalientes, porque me tocaba estar en Monterrey. La vida es muy extraña: en Monterrey conocí a María Elena diez años antes, en Monterrey la vi con vida por última vez, aquel día que bobeamos en el aeropuerto. En 2017 me pasó algo similar, la muerte de Corina me sorprendió mientras yo estaba en Buenos Aires. A los tres los llevo en el corazón.


El recuento viajero cerró en 15 aviones, ya no sé cuántos camiones, Bla Bla Car y anexas. Fui a Guanajuato (tres o cuatro veces, de entrada por salida y no me deportaron, muajajá), San Luis Potosí, San Juan de los Lagos, Monterrey, Tetela, Pachuca, Ciudad de México (aunque fuera para hacer escalas) y, por supuesto, Guadalajara y Aguascalientes. Fuera del país esta vez sólo me moví hacia el norte: Los Angeles, San Francisco, Moraga, Eugene y Toronto. Conservé la bonita costumbre de cerrar la maleta cuando el Uber ya está afuera y el vuelo aparece on time. Me sentí diminuta frente a las cataratas del Niagara, como cuando fui a Barrancas del Cobre y al Grand Canyon. Los vuelos retrasados hicieron chicle bomba mis negras intenciones de ir a la playa para aprovechar una espera de 8 horas en un aeropuerto. El cansancio me hizo cancelar algunos viajes que había planeado (Cuernavaca, Ciudad de México, Minneapolis, Montreal... este último sí que me dolió), pero ya recuperé fuerzas y empecé a planear los de 2019 (habemus vuelo para las vacaciones de Semana Santa, habemus).


Las dos películas que más me impactaron en el año fueron The shape of water de Guillermo del Toro y Roma de Alfonso Cuarón. La primera por la capacidad de replantear una historia de fantasía, la segunda por la capacidad de articular una historia de la vida cotidiana con los cambios urbanos, las desigualdades sociales y los acontecimientos sociopolíticos de nuestro país. Coincidentemente, las dos son historias muy personales de mis dos directores mexicanos favoritos. Por supuesto que mantuve mi fascinación por las películas de superhéroes, me impactó la desaparición de tantos personajes con el chasquido de Thanos en Avengers: Infinity War y en estos últimos días me sorprendió gratamente Spiderman into the Spider Verse.


Según Spotify, escuché 58471 minutos de música (sorprendentemente, menos que el año pasado). La canción que más escuché fue "Mombasa", de la banda sonora de Inception que hizo Hans Zimmer. La que más anduve tarareando fue "You'll never know", de la banda sonora de The shape of water, en la voz de Renée Fleming.


Buena parte de mi año quedó registrada en Instagram. Éstas fueron mis #2018bestnine según la aplicación.





En realidad sólo fueron las más populares y, curiosamente, fue una selección muy Canadian, cuatro de las fotos son de aquellos rumbos. Sin embargo, yo hice #myalternative2018bestnine.




Más allá de los viajes, lo que más disfruto es regresar con mi familia, disfrutar a mi mamá, mis perros y gata, salir con los amigos que dejé en Aguascalientes... y eso es lo que he hecho en estos días.





Desde este humilde -y casi abandonado- blog, ¡feliz 2019 a todos!

sábado, diciembre 15, 2018

Con ellos yo veía los aviones

Ya que andamos todos memoriosos con  #MyROMA, les cuento: Mi papá era quien me llevaba y traía del kínder. Era un tipo muy alto, así que recuerdo dos cosas: que era muy fácil encontrarlo a la salida (la cabeza que sobresalía a cualquier otra) y que yo -en aquel tiempo chaparrita y flaquitita- parecía más una extensión de su brazo que una persona. Era obsesivo con la puntualidad, así que siempre estuve a tiempo. Sin embargo, un día tuvo un problema con su reloj y no estuvo ahí a las 12 del día. Lo que yo recuerdo es que todos se fueron y yo buscaba aquel andar tan particular entre la gente, pero no aparecía. Una de las asistentes me llevó a los juegos para entretenerme un poco. Mientras tanto, en casa, mi mamá estaba muy preocupada al ver que no llegábamos. Fue al kínder, encontró aquella escena de la niña y la asistente en una escuela casi vacía. Le agradeció por cuidarme y me llevó de regreso a casa. Ni les cuento cómo le fue a mi papá cuando volvió, dos horas tarde, con un reloj que se había parado a las 11:30 AM.

En aquel tiempo era terriblemente tímida. No tuve hermanos, así que mi vida transcurría con adultos. Los hijos de los amigos de mis papás eran mayores que yo, así que me resultaba fácil interactuar con mayores, pero muy difícil con los de mi edad. También era francamente soberbia. Aprendí a leer y escribir a los 4 años y eso me daba una sensación de superioridad frente a mis compañeros, que seguían haciendo líneas y bolitas. Viajábamos mucho, la mayoría de las veces a lugares cercanos y sin planes. En mi cabeza, Guadalajara era la ciudad de las casas grandotas (edificios, pues), Guanajuato era donde había callejones y Zacatecas era donde estaba la Bufa (yo ya odiaba la Bufa). El viaje que más representa la relación entre mis padres y yo fue uno a Vallarta: mi papá no veía peligro en que yo jugara en la playa, mientras mi mamá veía la zona de olas altas cual si fuera zona de tornados. Había tres cosas en las que sí coincidían: tenían personalidades muy fuertes, lo más importante para ellos era yo (o eso decían, jaja) y construyeron una idea del compromiso muy rara para los años 80. Ya he contado otras veces que nunca se casaron (pecado mortal para las sociedades conservadoras de aquel tiempo y para sus familias, auch), su compromiso era sólo de palabra y así duró 24 años, hasta que él murió. Tenían un ritual que yo entonces no entendía y ahora valoro mucho: todos los días a las 7 PM tomaban café y hablaban, el mundo podía caerse mientras tanto (y el mundo podía ser yo, por supuesto), pero ese momento era suyo y de nadie más.

Ésta que ven está hecha -entre otras cosas- de esa historia. Soy obsesiva con la puntualidad (que no siempre logre llegar a tiempo no significa que no me importe) y ñoña como mi padre. Me encanta salir, soy sociable y también canto, como mi madre. Amo viajar y tengo el superpoder de hacer y deshacer maletas en 10 minutos. Ya no soy tímida, pero por momentos sigo luchando contra la soberbia. Dicen los que me conocen que también tengo una personalidad tantito intensa, como ellos. La vida da muchas vueltas y esos lugares que recorrimos tantas veces se convirtieron en parte de mi vida adulta: mi primer trabajo académico fue en Zacatecas, estudié en Guadalajara y ahora trabajo en León. A veces todavía encuentro ese andar tan particular entre la gente, aunque murió hace 15 años. Hablo por teléfono todos los días con mi mamá. Y, cuando veo los aviones desde el balcón (no en el charco), siempre los recuerdo a ellos, MaryChuy y Luis.

jueves, junio 20, 2013

Al norte...

A mi padre le habría encantado hacer este viaje conmigo.
Tal vez sí lo hizo.
Tal vez por eso parecía tan presente todo el tiempo.

lunes, febrero 06, 2012

el mundo puede estallar en dos putos segundos

Eso dijo la comadre Kari alguna vez, que "el mundo puede estallar en dos putos segundos". Para mí no estalló, pero sí se transformó con una simple llamada. Dicen que mi sobrina cada día se parece más a mí, que habla como yo, se ríe como yo, es amante de los libros y odia que la interrumpan, es demasiado sincera, es caprichosa, pero es buena persona, es inteligente, ama la música y el cine, quiere viajar (quiere una casa de campaña) y demás. Considerando que no nos hemos visto en años, todo eso que dicen que se parece a mí, no lo hace por imitación. He de confesar que lloré, como la cursi de clóset que soy. Sí, el mundo puede cambiar en dos putos segundos.

domingo, enero 08, 2012

De las intensidades de 2011 y esas cosas...

El Inventario general del mundo que hace un loco personaje de Eduardo Galeano, incluye un montón de cosas usadas, gastadas y olvidadas, porque... "Toda basura era vida vivida, y de la basura venía todo lo que en el mundo era o había sido. Nada de lo intacto merecía figurar. Lo intacto había muerto sin nacer. La vida sólo latía en lo que tenía cicatrices". En el inventario de mi vida, 2011 fue un año muy intenso, mucho, mucho, mucho.

Físicamente, me fue de la fregada. Tuve salmonelosis, los medicamentos me causaron gastritis, una mugre bacteria me provocó una infección en un ojo y terminé el año con gripe. Además, tengo una muela menos, un choque me dejó con un esguince cervical y en el tiempo que estuve bien, me tocó cuidar a mi mamá, en los días de la férula. Como sea, alguna buena noticia debía haber, 10 kilos desaparecieron de este cuerpecillo con algo de esfuerzo.

En fin, esas minucias no evitaron que cumpliera algunos planes. Estudié solfeo y francés y se me cruzaron los idiomas (ha de ser una maldición por burlarme de López Dóriga... aunque ahora también puedo burlarme de Peña Nieto). Sobre todo, llegaron muy buenas noticias y lo hicieron todas juntas, regresé a dar clases a mi alma mater y comencé el doctorado. El inicio fue rudo, no quiero imaginarme el final. De momento, mis horas de sueño han disminuido considerablemente, pero eso no importa, porque he encontrado ene cosas que hacen que la vida vale la pena. Un gran proyecto se quedó en stand by. Además, estuve a nada de dejar de publicar El Cafecito, pero Arlette accedió a coordinarlo por los próximos años.

Dije que viajaría más y lo cumplí parcialmente. Estuve en Mazamitla, en algunos lugares en Michoacán, en la Huasteca hidalguense en algún momento y en Pachuca en otro. Por supuesto, nuevamente hay viajes regulares a Guadalajara. En esos viajes, se han fortalecido algunas amistades y han surgido otras.

Hubo momentos espectaculares, como el reencuentro con mis compañeros de secundaria y algunos episodios del equipo de rescate animal. Hubo también momentos muy tristes, cuando tres de mis (ex)alumnos murieron: una de cáncer y dos más en accidentes. También cuando perdí una amiga... o alguien que pensé que era mi amiga.

Muchas películas me hicieron feliz: Baaria, 127 horas, La mujer que cantaba, De hombres y de dioses y, por supuesto, Medianoche en París. Y muchas canciones también me han acompañado, pero tal vez las más recurrentes han sido Pequeño vals de Marlango, Felicidade de Marcelo Jeneci, Silencio de Los Tipitos y Al lado del camino de Fito Páez.

Los hombres de mi vida merecen un capítulo aparte. Alguien que en 2010 me pidió que confiara, ha estado presente en mi vida hace muchos meses ("ha estado", en presente perfecto). Viví el romance más rápido de occidente, en abril. Tiempo después, sentí feíto decir que no, pero es mejor hablar con la verdad. Me enamoré, "como se enamoran siempre las mujeres inteligentes, como una idiota" por ahí de octubre (aunque se veía venir desde algunos meses antes) y en noviembre abrí los ojitos. Encontré los ojos más bonitos del mundo en una noche de ñoñez y, aunque hay muchos kilómetros de por medio, espero volver a verlos algún día.

En asuntos aparentemente menos trascendentes: me mudé al lado oscuro de las compras compulsivas, quedó claro que soy una cursi de clóset, no encontré días de 48 horas por más que los busqué, experimenté algunas señales del Apocalipsis, tomé vino tinto en taza (vergüenza vil), mi capacidad de asombro fue puesta a prueba por la verdad revelada y otras maravillas, entré a presión en el tren ligero, experimenté dificultades técnicas para llegar a dormir tras un episodio de aventuras culturosas y mezcaleras y tras otro de borrachera postcoloquial, quise que mi cabello fuese rojo caramelo y terminó en algo como tangerine Clementine. La frase del año, sin duda, es "primero recoge del suelo los pedacitos de tu corazón", fue dicha por un amigo mío en un bar y, lo más importante, no fui destinataria de ese bonito pensamiento.

En suma, me cayeron muchos veintes y mucho empezó a tomar sentido. Divagué sobre la condición de las mujeres y sobre la mía en ese contexto. Me quedó claro que ya no me preocupa equivocarme, porque equivocarse también es vivir. La cuenta regresiva, 365para30, valió la pena. He llegado al tercer piso y la vida se ve maravillosa desde aquí. Como sea, no he llegado sola, sino con un montón de gente hermosa (como la gente bonita que nos acompaña).

lunes, diciembre 19, 2011

2

Ocho años han pasado ya. Parece algo tan lejano y, a la vez, tan cercano. Ciertamente, uno termina por aceptarlo y acostumbrarse, pero eso no significa que se deje de extrañar. Te quiero, papá.

miércoles, noviembre 02, 2011

49

Llorar la muerte de mi papá es normal. Con él viví 22 años de mi vida y, aunque asumo que ya no está, extraño hablar con él y ver sus ojos, extraño su tranquilidad y sus usos y costumbres para eso que llaman viajar, extraño que estaba donde no ha estado por casi ocho años y extraño el tiempo en que el 2 de noviembre no era un día triste, sino uno de celebrar su cumpleaños.

Llorar la muerte de mi hermanito puede parecer normal, pero es extraño. Con él viví como dos meses de mi vida, pero yo tenía dos años y medio. No tengo un solo recuerdo de él, salvo lo que me cuentan: que era pálido, de cabello oscuro, ojos grandes y barba partida, como yo; que siempre estaba atento a los movimientos de la gente; que era muy tranquilito. No puedo extrañar a alguien cuya existencia ni siquiera recuerdo, pero hoy lloré como estúpida frente a su tumba. Dicen que es esa onda abstracta que nombran "el llamado de la sangre". Yo no sé. Sólo sé que las lágrimas saben a sal.

domingo, octubre 16, 2011

66

Suelo hacer planes para romperlos. Planeaba dormir como nunca y descubrí que mi cuerpecillo se niega rotundamente, me acosté a las 2 y a las 6 ya estaba fresca como una lechuga, tomando fotos del amanecer desde el onceavo piso de un hotel. Planeaba dejar Sangüichito a la 1, pero me dejé convencer por el ala potosina de mi familia que lleva la fiesta en la sangre... me quedé a la tornaboda, pospuse la salida unas horas, aunque eso implicara dormir menos, para darle matarile a los pendientes. Y, en un episodio más de sorpresas de la vida, me sacó una sonrisa descubrir una cara conocida en el ciclista que casi me atropella, a unos metros de la puerta del hotel.

sábado, octubre 15, 2011

67

Las bodas no son mi hit, pero confieso que algunas me han fascinado hasta el extremo. La de mi sobrina potosina cabe en esa categoría de bodas extrañamente fascinantes.

Debería darnos pena, la invitación decía bien clarito 3:30 (y yo leí 3:45, no sé por qué). La familia del novio, puros españoles, estaba a tiempo. Mi familia no. ¡Aplausos! Como sea, la juez se puso platicadora y le dejó claro al pobre hombre que había aceptado someterse a las leyes mexicanas, qué fuerte. Gracias al cielo que no leyó la epístola de Melchor Ocampo, eso sí que me habría causado el patatús. Al final, un compañero del equipo de investigación de mi sobrina (sí, es bien ñoña, mucho más que yo) improvisó su más sentido mensaje y se vio muy académico. Mr. Sabe a pollo, muy atinadamente, me expresó su preocupación en torno a la revisión por pares.

Tras la ceremonia civil, vino la religiosa en versión resumen ejecutivo, es decir, hubo rito sin misa, con un sacerdote de una comunidad. He de decir que lo que hizo fue muy emotivo y hubo algunos destellos dignos de comedia romántica, como cuando ventaneó a mi ilustre sobrina, que alguna vez le dijo, acerca del que ahora es su esposo: "vino a verme desde España, yo creo que sí me quiere". En algún momento, nos dimos cuenta de que la novia mexicana se ha españolizado: "pues nada, que la ceremonia nos ha fascinado", dijo bien clarito.

La hora del mariachi fue otro episodio cómico-mágico-musical, entre las caras que uno de ellos hacía cuando cantaba y el pantalón de otro que, sospecho, muy incómodo era. A los europeos creo que les gustó. Yo reiteré que me encantan ciertas canciones y no consigo recordar las letras, así que canto de modo intermitente.

La comida fue casi tan excelsa como el nombre del negocio de banquetes de donde salió, Don Banquette se llama, así, con doble T. Por cierto, a quien se le ocurrió poner una mesa con dulces y panecillos para niños, no se le ocurrió que los primeros en asaltarla serían mis sobrinos que rondan los 20 años.

Quizás el baile fue lo mejor. Luego del vals con Under my skin, de la muy vil víbora de la mar y del lanzamiento de ramo del cual me pude escapar otra vez, vinieron las clásicas canciones de todas las bodas. Qué importa que uno aún no sepa si el cuello se ha recuperado de un esguince y que el otro no sepa si eso que siente es una costilla fisurada, si bailar como si nadie viera es tan divertido... casi tanto como descubrir, con los posteriores comentarios, que el pinche mundo sí estaba viendo. Qué importa haber conocido a la plana mayor de cierto equipo de investigación de la universidad del Gooooooooooya muy seriecitos en congresos, si resulta francamente divertido verlos bailando "de reversa, mami". Qué importa haber llegado a pensar que uno es bien alternativo gooooooooei, si termina bailando Rabiosa. Qué importa no saber bailar salsa y merengue, si es tan fácil dejarse llevar por el otro que sí baila. Qué importa... bueno, ya.

Lo más emotivo fue la sorpresa del novio a la novia: un espectáculo de pirotecnia, con los nombres de los novios y un corazoncito, al ritmo de Por ti me casaré. Creo que todos estábamos tan sorprendidos como la novia. Mi sorpresa fue mayor cuando me acerqué demasiado a la pólvora y sentí que me dio el golpe eso que respiré, fiu. En la categoría de lo emotivo caben también los recuerditos (almendras y tarros de miel) y los más sentidos mensajes de despedida.

He de decir que el ala potosina de mi familia lleva la fiesta por dentro... y por fuera. Desde el miércoles llevaban una por día y, habiendo terminado la boda, fuimos muchos (quesque los más jóvenes) a seguirla en el café de uno de ellos, con trova y así.

Gran noche. Amé los pequeños detalles, amé la calidez y la multiculturalidad, amé la compañía, muy feliz fui.

Notas pa mí: Aprender a bailar salsa y merengue. No acercarse tanto a la pólvora, aun cuando las fotos lo ameriten.

sábado, septiembre 10, 2011

102

No tengo hijos. Lo más cercano a eso es mi gata Justina y, aunque suele exigir carne y croquetas a altas horas de la madrugada, sabe cuidarse sola. En resumen, nunca había sentido la obligación de cuidar de alguien, pero de pronto, he tenido que hacerlo. Mi mamá, quizá la mujer más independiente que conozco, debe tener inmovilizada una rodilla por casi dos semanas. Precisamente por eso es complicado, está tan acostumbrada a hacer su vida sola, que depender de alguien no es su sueño de la vida y tampoco algo que le resulte fácil de aceptar. De este lado, aunque no me pesa reorganizar mi vida en torno a ella, estoy apanicada por una responsabilidad que ha caído de golpe.

viernes, agosto 05, 2011

138

Puedo ser una mujer de hielo, casi sin corazón, pero cuando leí este post, algo dentro de mí se hizo pedazos y empecé a llorar cual Magdalena. Una y mil veces he dicho que la familia no se elige y los amigos sí; pero también mil veces me ha dolido no reconocerme en las caras de los que llevan la misma sangre que yo y saber que, cuando pienso en la mayoría de ellos, no siento que soy parte de algo... quizá somos simplemente una serie de islas que se apellidan igual, que tienen la barba partida o los ojos grandes o la nariz tantito larga; somos los que nos encontramos en los funerales, porque los que se van son quienes alguna vez nos unieron; en algunos casos muy concretos, somos los que jamás volveremos a vernos, porque no nos interesa y punto. Es complicado. Como sea, no se trata de provocar una inundación lacrimosa aquí (cosa complicada en un segundo piso); si dejo de pensar en lo que no tengo, para reconocer lo que sí tengo (damn it, ¿el espíritu de Paulo Coelho se ha apoderado de mí?), he de decir que mi familia pequeñita ha sido maravillosa. Esta mañana una desconocida y yo terminamos hablando de nuestras familias y ella quedó tan fascinada como yo con la historia de mis papás. Si el precio de esa historia loca e inexplicable que supera a la ficción es el alejamiento de los otros, ha valido la pena.

domingo, julio 10, 2011

164

Si algo me conmociona de la potosinidad -léase, del ala potosina de mi familia- es la capacidad que tienen para que todo se vuelva fiesta; sus reuniones y celebraciones resultan siempre sorprendentes para alguien como yo, acostumbrada a vivir lejos de casi cualquier vínculo familiar. Quizá deba pensar en más viajes relámpago al gran tunar. De este lado del mundo, el chisme dominical con mi mamá incluyó increíbles revelaciones y divertidas memorias. Entre tanto revoloteo, recordé que hoy cumple 30 quien fue una gran amiga mía durante años; es evidente que ya no somos las de antes, ¿a dónde habrá ido lo que fuimos? Mágicamente, me acordé también que el 10 de julio de 1996 fue mi graduación de secundaria. Qué grandes nos sentíamos todos en aquellos años. Sospecho que también eran grandes nuestros sueños y expectativas de lo que vendría en el futuro cercano, la prepa, y en el futuro de largo plazo, la vida adulta. Nos hemos ido reencontrando en Facebook y algunos en vivo, el descubrimiento es que el ñoño se volvió fiestero, la ruda se volvió mamá, la intrigosa se volvió niña buena y yo me volví... momento, ¿qué soy?, ¿quién soy?

domingo, junio 19, 2011

185

Odio que el día del padre casi se beatifique a los papás y se glorifiquen las ideas sobre la paternidad. A los papás se les debería valorar/festejar/disfrutar diario, cuando se tienen. Cuando han muerto, como el mío, duele mucho encontrarse con las canciones típicas para los papás que, por algún extraño motivo, son poquito menos cursis que aquéllas para las mamás (no hay un amigo gavioto, por ejemplo). Ésa de "viejo, mi querido viejo" sí logra hacerme pedacitos el corazón.

Hacer un viaje por demás cansado al infinito y más allá vale la pena, si se trata de cumplirle un caprichito cumpleañero a mamá, quizá por lo que está implícito en el párrafo inconexo anterior, porque a la gente se le frecuenta en vida; después, ¿ya pa qué?

PD: Vi Australia, de Baz Luhrman, en el camión. No me fascinó, aunque disfruté bastante algunos momentos hermosos de tan cursis, como éste. Como sea, que alguien empaque a Hugh Jackman y lo envíe a mi casa; qué guapo es, me encanta.


viernes, abril 29, 2011

236

Dicen que las lágrimas limpian el alma. Si es así, la mía ha quedado rechinando de limpia. Hoy he llorado cual Magdalena, por todo, porque viví un episodio donde mi padre parecía hacerse presente con un "hey, aquí estoy", porque osé ir a ver Mis recuerdos de Ana a pesar de haber casi jurado que no volvería a ver otra película sobre el holocausto, porque alguien importante reapareció en mi vida y hasta porque yo no tengo la culpa de que alguien no sepa volar. El detonante del torrente de lágrimas fue la película. Quizá llegó en buen momento. Quizá necesitaba llorar tanto como lo hice hoy.

no se ha ido

Justo cuando extraño a mi papá, algo (o alguien) me recuerda que no se ha ido.

domingo, febrero 20, 2011

304

Mazamitla resultó ser una excelente elección.
Respiré aire fresco por fin, aunque dejé el 75% de mis pulmones tras subir y bajar en esa zona montañosa.
Mi mamá fue feliz contemplando un galanazo guapetón que, según ella, era un William Levy mejorado.
Descubrí que las fotos no le hacen justicia a la belleza de la vegetación vista desde las alturas.
Subí, bajé, me estampé varias veces dentro de una camioneta todo terreno subiendo a los miradores, dormí en una cama no tan linda (el hotel definitivamente no era todo lo que contaban), hice viajes en camión más o menos largos... y de todos modos regresé francamente relajada.
Muy feliz fui.

sábado, febrero 19, 2011

305

Cosas que hacen que la vida valga la pena:
  • Viajar con prisa en el tren ligero de Guadalajara, para llegar a tiempo a presentar el TOEFL.
  • Devorar un sándwich equis de la vida y confundirlo con un manjar.
  • Emprender la graciosa huida rumbo a Mazamitla.
  • Escuchar un cantante viejito, que sigue luchando y sonriento.
  • Ser muy feliz al contemplar un perro.
  • Encontrar un concierto, en noche de sábado, con el mariachi municipal de Tecalitlán... descubrir que los integrantes son niños y adolescentes y llorar con el canto de una jovencilla (siempre he pensado que para cantar -que no gritar, no es lo mismo- con mariachi, hace falta una voz privilegiada... y para transmitir sentimientos hace falta mucho más que una voz... y esa escuincla tiene todo).
  • Terminar la noche viendo televisión.

miércoles, enero 19, 2011

336

Esta mañana, mientras me dirigía semi-dormida a mi trabajo, un par de señores muy pobres y tantito ebrios subieron al camión para cantar a cambio de unas monedas. Empezaron con "Las piedras rodantes" y yo no podía parar de reír, no sólo porque la voz del que cantaba era casi tan aguardientosa como la de Alex Lora, sino porque hace muchos ayeres fui al Cervantino con mi mamá y a ella le dio por cantar esa canción, a las 2 de la mañana, en alguna calle cuyo nombre no recuerdo. Es increíble el camino de los recuerdos. Como sea, es maravilloso iniciar el día con memorias que hacen que la vida valga la pena.

sábado, diciembre 25, 2010

361

Lo hice, hablé con ellos y, por un momento, las cosas volvieron a ser como antes. Me hace feliz hacer feliz a alguien. Como sea, la verdadera prueba de fuego la estoy postergando... otras llamadas, otros reencuentros. Algún día lo lograré.