martes, febrero 04, 2020

Revelaciones de los días recientes: I love the playing field

Volví a empezar a ver Grey's anatomy 15 años después. En aquellos tiempos era estudiante de maestría, vivía en Guadalajara, empezaba muchas cosas que puedo ver materializadas ahora. No sé qué me llevó a elegirla en medio de tantas opciones que tenía pendientes en Netflix, dice mi jefe que es la nostalgia, puede que tenga razón. El punto es que desde el primer capítulo empecé a conectar puntos. Meredith dijo algo que me recordó mucho a mí y a las decisiones que he tomado: "I could quit, but here's the thing, I love the playing field".

miércoles, enero 01, 2020

Dosmildiecinueve


Todos los años son interesantes, todos, también los que no nos encantan. He de decir que 2019 no me encantó. Emocionalmente, fue un año Exatlón —por si estaban con pendiente, es el programa favorito de mi mamá y ahora que vine un par de semanas empecé a verlo también— en el que salía de una tirolesa para entrar a una rastrera y después el lodo me tapaba los ojos, pero aún había que tirar pelotitas y atinar a cosas.


La mala noticia es que el desgaste fue mayúsculo. La buena noticia es que, como se veía venir, I won —por si también estaban con pendiente, soy más competitiva conmigo misma que con los otros, así que ese triunfo fue sobre mis propias expectativas—. Ya veremos cómo se siguen conectando las cosas.

Si el año anterior tuve que bajar el ritmo, en este no hubo manera. No pude, pero tampoco quise. Todavía no salía del drama por una carga institucional que no estuvo a discusión, cuando mi mamá se rompió la muñeca en ocho pedacitos y me tenía que partir en mil. Apenas se estaba resolviendo eso, cuando entraron a robar a mi departamento y eso abrió otra serie de problemas, unos más fuertes que otros. Ni siquiera había terminado de resolver eso, cuando ya estaba otra vez en la avalancha de viajes. Estaba al otro lado del mundo y seguía resolviendo cosas de acá. Regresé en modo Daenerys y, aunque en algún momento dudé si eso valía la pena, al final me quedó claro que valió cada maldito segundo.

Quizás el momento que mejor representa mi año fue el día que subí a la Montaña de Siete Colores. No fui yo quien decidió ir, pero acabé ahí y es algo que agradezco mucho. El punto es que, por una situación complicada que tampoco fue mi decisión, el guía del recorrido osó decirme que no iba a alcanzar a llegar a la cima. Apenas iba a empezar el drama de la vida —como acostumbro— cuando otra guía me dijo que sí podíamos llegar, pero que tendríamos que ir a su paso. Acepté el reto, fuimos y, por algún extraño motivo, estuve a nada de darme por vencida en el último tramo, estaba cansada y harta. Una vez que la guía se adelantó, no pasé ni cinco minutos ahí, vi alrededor gente tirada en el piso o vomitando porque les había pegado la altura —5mil metros sobre el nivel del mar no son cosa fácil— y caí en la cuenta de que a mí no me estaba pasando eso, así que volví a tomar los bastones de trekking y harto aire para terminar de subir. Lo logré. Llegué. Cuando la guía me vio, se puso más contenta que yo. Fue ella quien tomó esta foto, donde me veo fatal, pero que significa tanto para mí.



Hacia el fin del año hubo miles de cosas que quise aventar lejos, sólo que esta vez no eran bastones de trekking. No sé aún qué es lo que me mantiene en pie, pero heme aquí.
Hubo muchos viajes y, con ellos, mucho aprendizaje, reencuentros y gente nueva. El recuento cerró en 24 aviones, ya no sé cuántos camiones y viajes en Bla Bla Car. Fui enemil veces a Aguascalientes, seis a la Ciudad de México, cinco a Guadalajara y cinco a Guanajuato. También estuve en San Juan de los Lagos, Tetela, Zamora y Veracruz, así como en Lima, Cusco, Arequipa y otros lugares de Perú, Bogotá y Madrid. Si el año anterior fue muy anglo, éste fue muy iberoamericano. Honestamente, me cansé mucho, pero no me arrepiento. Tan no me arrepiento, que ya tengo los vuelos para las vacaciones de Semana Santa.

Me mudé por fin, aunque pronto empecé a extrañar el loftito aquel. Fui al teatro, a conciertos, museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Me hizo feliz que alguien me donara un boleto para Sarabande en el Teatro del Bicentenario cuando estaba a nada de quedar fuera. Me embobé con “Un mundo” de Ángeles Santos, en el Museo Reina Sofía y me pregunté cuántas obras de mujeres pasan a segundo plano por la cultura machista que arrastramos.



Fui al cine un poco menos de lo que hubiera querido, pero vi cosas interesantes. Vi El artista anónimo (One last deal) —el mismo día que robaron mi depa, por cierto— y me emocionó mucho ver la pasión con la que el protagonista apuesta por algo que parece perdido. Vi En guerre y llegué a la conclusión de que soy la CGT, me enfrento a lo que sea, incluso si llevo las de perder. Vi A rainy day in New York de Woody Allen en medio de la crisis y me pregunté cuál es mi hábitat. También me impactaron otras historias, como Joker y TheTwo Popes. Por si estaban con pendiente, no me gustó Avengers Endgame. Volví a ver series, me eché —entre otras cosas— las tres temporadas de Thehandmaid’s tale, eso implicó maratones y desveladas, así como una obsesión de no sé cuántos días con la escena que abre la segunda temporada, con “Thiswoman’s work” de Kate Bush. Esta última se convirtió en una de las canciones que más escuché en Spotify. Por cierto, la estadística dice que este año escuché 47,691 minutos de música, de artistas de 73 países. Una de mis favoritas fue “AveMaria” de Krzysztof Janczak, en la voz de Dorota Szczepanska.

A propósito, volví a estudiar canto. Seguí estudiando francés. En ambos fui una pésima alumna, el tiempo no me permite ser suficientemente constante, pero es lo que hay. Para mí es importante seguir siendo alumna, aprender todo el tiempo, mantenerme en las cosas que me apasionan. Eso he hecho.

Dejé el pellejo en las clases, asesorías, el trabajo de campo—incluso en un proyecto que no era mío— y hasta en la burocracia. Fui sinodal varias veces y un par de tesistas mías se titularon. Viajé a seis congresos, cerré una importante responsabilidad y no quise asumir otra… o no esta vez, al menos. Escribí mucho, dictaminé mucho también, se fueron abriendo más oportunidades. Tuve la posibilidad de irme y me quedé, no sé si soy valiente o estúpida, pero mis razones tengo.

Cerca del final del año vino la crisis. Fue una mezcla de dudas, desilusión y otras curiosidades. No importaba qué hiciera, la crisis parecía crecer y crecer y crecer, nivel me fui al cine para distraerme y varios diálogos de la película parecían preguntarme cosas. La vida da muchas vueltas, la misma persona que me sostuvo tres —o quizá más— veces, cuando estuve fatal —y a quien, por cierto, yo también sostuve otras tantas— al final hizo un muro infranqueable. Ni modo, la vida es así, pero yo no merezco tan poquito. Como sea, resistí, “with a little help of my friends”, como dice la canción. Estas últimas dos semanas regresé a recargar fuerzas en mi ciudad, con mi mamá, mis amigos —los de siempre y los de los reencuentros—, mis perros y mi gata.

Cumplí 38, muy bien vividos. Dificultades hubo muchas, pero como dije en el post anterior, fue un buen año. Sigo convencida de que la esperanza es el motor que nos mueve —no importa si se habla del mundo, el país, la academia, el trabajo o la vida personal—, pero que ella no es suficiente sin acciones. Las cosas no se transforman por sí mismas, algo habrá que hacer… en todos los escenarios.

En suma, 2019 fue interesante. Algo de eso atestiguan las fotos.



En fin, que 2020 sea interesante, desafiante, emocionante. Como decía Tolkien en modo Gandalf en Lord of the rings: The fellowship of the ring, "all we have to decide is what to do with the time that is given us".

martes, diciembre 10, 2019

A veces...

A veces una se da cuenta de que ha logrado todo lo que alguna vez quiso y que no hay cosas nuevas en la lista. ¿Viajar? Lo he hecho casi toda la vida. ¿Terminar un doctorado? Ya pasaron cinco años. ¿Trabajar en algo que amo? Salvo un par de experiencias, siempre he trabajado en cosas que amo. ¿Tener un trabajo estable? Heme aquí. ¿Amar y ser amada? También, pese a mis resistencias frente al compromiso. ¿Tener tiempo de calidad con la familia? Toda la vida. ¿Tener amigos increíbles? Todos lo han sido. Algunos van, otros vienen, pero todos lo han sido.
A veces una se da cuenta de que ha sido afortunada, de que ha vivido en medio de un montón de privilegios, no necesariamente económicos.
A veces, a pesar de todo eso, una se desilusiona del mundo, de la ciudad, del entorno, de la familia extendida, del it's complicated, de la academia, de los que parecían aliados, de todo.
A veces a una le molesta todo, no importa si se trata de algún colega que va por la vida acumulando puntitos, de alguna autoridad que no termina de tomar una decisión importante, de una guitarrista que hace un comentario random, o de otra reacción egoísta del it's complicated.
A veces una se cuestiona todo, no importa si se trata de haberse alaciado el pelo, haber olvidado comprar pasta dental, haber dejado pasar tiempo para responderle a alguien, haber dejado ir tres oportunidades este año y otras antes, o haber pensado que "claramente, me equivoqué".
A veces una se pregunta si en unos años las decisiones que ahora son tan simples claras van a seguir teniendo sentido.
A veces una necesita parar, pensar, respirar.
A veces una aprecia un montón el concepto en el que la tienen los demás, pero también siente la presión de sus expectativas y se niega rotundamente a asumirlas.
A veces una tiene un mal año y, después de escribirlo, reconoce que no fue malo, sólo hubo cuatro cosas complicadas en medio de cientos de cosas lindas.
A veces, ser fuerte todo el tiempo hace que una se quiebre en el momento menos esperado.
A veces, quizás, simplemente el cansancio es mucho.

miércoles, junio 26, 2019

¿Y se llevaron algo que te doliera? Mi tranquilidad


Ya pasó un mes. Ese domingo iba maravilloso. Avancé en un artículo que era para el jueves, salí a hacer trabajo de campo, regresé, limpié un poco el depa, escribí otro poco y quedé para ir a comer. La comida estuvo deliciosa, la película que vimos —El artista anónimo— estuvo increíble y la compañía más. Mientras caminábamos de regreso, veíamos la ciudad cuasi-desolada, con unos cuantos leoneses viendo la final del fut en restaurantes y bares. Nos despedimos, entré al depa y me quedé en shock, alguien había entrado. Tardé en identificar qué cosas se habían robado, quizá todavía no lo sepa del todo. En medio del caos, vi que desaparecieron dos laptops y dinero. Después vi que se llevaron también una alcancía y hasta un Funko de Guillermo del Toro. Hice lo que humanamente se podía, presenté la denuncia ante el Ministerio Público —y comprobé que sólo sirve para sumarse a las estadísticas—, cambié chapas y me fui de ahí por unos días.

La primera noche no podía parar de llorar. Nunca, en 37 años, había sido víctima de algo así. Puedo decir que no fue tan grave, que yo no estaba y —por lo tanto— no sufrí algún daño, que sólo fueron cosas y que el valor de lo robado ni siquiera es tan grande. Sin embargo, yo no tendría que haber pasado por eso. No tenemos por qué naturalizar el delito y consolarnos con que estamos bien, porque no lo estamos. La seguridad en nuestro país y, particularmente, en esta ciudad, es una broma.

Al mismo tiempo, creo que tampoco tenemos por qué ir al extremo contrario y criminalizar a medio mundo. En estos días he escuchado cualquier cantidad de preguntas sobre posibles sospechosos, casi siempre acompañadas por hipótesis estúpidas: que si los albañiles, que si el novio de la vecina, que si alguno de los vecinos, que si alguien random, que si alguien muy cercano a mí, que si yo misma (WTF?). Parece haber muchas personas con una necesidad increíble de encontrar culpables, incluso sin conocer el contexto, sin el más mínimo interés de ayudar y quizá con muchos episodios vistos de CSI. A estas alturas ya no me importa quién fue. Me niego a ir por la vida desconfiando de todos y teniendo miedo de todo.

Dije esa vez que, más allá de lo material, lo que se robaron fue mi tranquilidad. Un mes después, creo que la he ido recuperando poco a poco, aunque es difícil. Dije también que lo único rescatable de esa semana fue la gente que estuvo conmigo de múltiples maneras. Ustedes saben quiénes son. Ustedes saben cuánto agradezco lo que han hecho por mí.

lunes, diciembre 31, 2018

Dosmildieciocho

2018 fue un año interesante, lleno de aprendizajes. Sigo viendo cómo se conectan las cosas y cómo van cobrando sentido con el tiempo.

Éste fue un año acelerado en unos sentidos y tranquilo en otros, acelerado por el ritmo de trabajo y porque no salía de una cosa cuando ya estaba en otras tres, tranquilo porque fue un año de sembrar cosas, de modo que el énfasis estuvo en lo cotidiano y no tanto en los grandes acontecimientos.


Precisamente lo cotidiano me hizo feliz, las cosas espontáneas, como caminar bajo la lluvia, bobear en los callejones de Guanajuato, tomar café y comer pastel en unas escaleras, salir del trabajo en la noche con harto cansancio y decidir a esas santas horas ir a tomar algo, escapar de una obra de teatro muy mala y descubrir en ese rato un lugar lindo para cenar, sonreír cuando llegan mensajes, hacer un equipo muégano en un congreso, salir de otro congreso y correr a la playa, reencontrarse con gente linda, ver que permanece otra gente linda.


Tal como fue previsto en el recuento del año pasado, ya tengo credencial leonesa. El depa ya me quedó chiquito, pero decidí quedarme más tiempo ahí por la ubicación, la vista, la comodidad... y, por supuesto, porque no hay alacranes. Este año sí logré que crecieran mis plantitas en el balcón. Fui a la ópera, a conciertos, a museos, a comer, a tomar café o unos vinos. Seguí estudiando francés y osé entrar a un coro. Hice trabajo de campo y conocí gente maravillosa en el camino. También me atrofié un tobillo (oh, sí, el izquierdo, por tercera vez) y eso me llevó a etnografiar el servicio médico gringo, pero ésa es otra historia.


Hubo momentos muy tristes también. La muerte de María Elena y Sabás en mayo, con tres días de diferencia, me pegó mucho. No pude ir al funeral de ella en Ciudad de México ni al de él en Aguascalientes, porque me tocaba estar en Monterrey. La vida es muy extraña: en Monterrey conocí a María Elena diez años antes, en Monterrey la vi con vida por última vez, aquel día que bobeamos en el aeropuerto. En 2017 me pasó algo similar, la muerte de Corina me sorprendió mientras yo estaba en Buenos Aires. A los tres los llevo en el corazón.


El recuento viajero cerró en 15 aviones, ya no sé cuántos camiones, Bla Bla Car y anexas. Fui a Guanajuato (tres o cuatro veces, de entrada por salida y no me deportaron, muajajá), San Luis Potosí, San Juan de los Lagos, Monterrey, Tetela, Pachuca, Ciudad de México (aunque fuera para hacer escalas) y, por supuesto, Guadalajara y Aguascalientes. Fuera del país esta vez sólo me moví hacia el norte: Los Angeles, San Francisco, Moraga, Eugene y Toronto. Conservé la bonita costumbre de cerrar la maleta cuando el Uber ya está afuera y el vuelo aparece on time. Me sentí diminuta frente a las cataratas del Niagara, como cuando fui a Barrancas del Cobre y al Grand Canyon. Los vuelos retrasados hicieron chicle bomba mis negras intenciones de ir a la playa para aprovechar una espera de 8 horas en un aeropuerto. El cansancio me hizo cancelar algunos viajes que había planeado (Cuernavaca, Ciudad de México, Minneapolis, Montreal... este último sí que me dolió), pero ya recuperé fuerzas y empecé a planear los de 2019 (habemus vuelo para las vacaciones de Semana Santa, habemus).


Las dos películas que más me impactaron en el año fueron The shape of water de Guillermo del Toro y Roma de Alfonso Cuarón. La primera por la capacidad de replantear una historia de fantasía, la segunda por la capacidad de articular una historia de la vida cotidiana con los cambios urbanos, las desigualdades sociales y los acontecimientos sociopolíticos de nuestro país. Coincidentemente, las dos son historias muy personales de mis dos directores mexicanos favoritos. Por supuesto que mantuve mi fascinación por las películas de superhéroes, me impactó la desaparición de tantos personajes con el chasquido de Thanos en Avengers: Infinity War y en estos últimos días me sorprendió gratamente Spiderman into the Spider Verse.


Según Spotify, escuché 58471 minutos de música (sorprendentemente, menos que el año pasado). La canción que más escuché fue "Mombasa", de la banda sonora de Inception que hizo Hans Zimmer. La que más anduve tarareando fue "You'll never know", de la banda sonora de The shape of water, en la voz de Renée Fleming.


Buena parte de mi año quedó registrada en Instagram. Éstas fueron mis #2018bestnine según la aplicación.





En realidad sólo fueron las más populares y, curiosamente, fue una selección muy Canadian, cuatro de las fotos son de aquellos rumbos. Sin embargo, yo hice #myalternative2018bestnine.




Más allá de los viajes, lo que más disfruto es regresar con mi familia, disfrutar a mi mamá, mis perros y gata, salir con los amigos que dejé en Aguascalientes... y eso es lo que he hecho en estos días.





Desde este humilde -y casi abandonado- blog, ¡feliz 2019 a todos!

sábado, diciembre 15, 2018

Con ellos yo veía los aviones

Ya que andamos todos memoriosos con  #MyROMA, les cuento: Mi papá era quien me llevaba y traía del kínder. Era un tipo muy alto, así que recuerdo dos cosas: que era muy fácil encontrarlo a la salida (la cabeza que sobresalía a cualquier otra) y que yo -en aquel tiempo chaparrita y flaquitita- parecía más una extensión de su brazo que una persona. Era obsesivo con la puntualidad, así que siempre estuve a tiempo. Sin embargo, un día tuvo un problema con su reloj y no estuvo ahí a las 12 del día. Lo que yo recuerdo es que todos se fueron y yo buscaba aquel andar tan particular entre la gente, pero no aparecía. Una de las asistentes me llevó a los juegos para entretenerme un poco. Mientras tanto, en casa, mi mamá estaba muy preocupada al ver que no llegábamos. Fue al kínder, encontró aquella escena de la niña y la asistente en una escuela casi vacía. Le agradeció por cuidarme y me llevó de regreso a casa. Ni les cuento cómo le fue a mi papá cuando volvió, dos horas tarde, con un reloj que se había parado a las 11:30 AM.

En aquel tiempo era terriblemente tímida. No tuve hermanos, así que mi vida transcurría con adultos. Los hijos de los amigos de mis papás eran mayores que yo, así que me resultaba fácil interactuar con mayores, pero muy difícil con los de mi edad. También era francamente soberbia. Aprendí a leer y escribir a los 4 años y eso me daba una sensación de superioridad frente a mis compañeros, que seguían haciendo líneas y bolitas. Viajábamos mucho, la mayoría de las veces a lugares cercanos y sin planes. En mi cabeza, Guadalajara era la ciudad de las casas grandotas (edificios, pues), Guanajuato era donde había callejones y Zacatecas era donde estaba la Bufa (yo ya odiaba la Bufa). El viaje que más representa la relación entre mis padres y yo fue uno a Vallarta: mi papá no veía peligro en que yo jugara en la playa, mientras mi mamá veía la zona de olas altas cual si fuera zona de tornados. Había tres cosas en las que sí coincidían: tenían personalidades muy fuertes, lo más importante para ellos era yo (o eso decían, jaja) y construyeron una idea del compromiso muy rara para los años 80. Ya he contado otras veces que nunca se casaron (pecado mortal para las sociedades conservadoras de aquel tiempo y para sus familias, auch), su compromiso era sólo de palabra y así duró 24 años, hasta que él murió. Tenían un ritual que yo entonces no entendía y ahora valoro mucho: todos los días a las 7 PM tomaban café y hablaban, el mundo podía caerse mientras tanto (y el mundo podía ser yo, por supuesto), pero ese momento era suyo y de nadie más.

Ésta que ven está hecha -entre otras cosas- de esa historia. Soy obsesiva con la puntualidad (que no siempre logre llegar a tiempo no significa que no me importe) y ñoña como mi padre. Me encanta salir, soy sociable y también canto, como mi madre. Amo viajar y tengo el superpoder de hacer y deshacer maletas en 10 minutos. Ya no soy tímida, pero por momentos sigo luchando contra la soberbia. Dicen los que me conocen que también tengo una personalidad tantito intensa, como ellos. La vida da muchas vueltas y esos lugares que recorrimos tantas veces se convirtieron en parte de mi vida adulta: mi primer trabajo académico fue en Zacatecas, estudié en Guadalajara y ahora trabajo en León. A veces todavía encuentro ese andar tan particular entre la gente, aunque murió hace 15 años. Hablo por teléfono todos los días con mi mamá. Y, cuando veo los aviones desde el balcón (no en el charco), siempre los recuerdo a ellos, MaryChuy y Luis.

viernes, septiembre 28, 2018

Mil veces


La última vez que vi a una amiga muy querida le dije que había visto Mil veces buenas noches y que todo en esa historia me recordaba a ella. Me dijo que la vería. No sé si alcanzó. Hoy buscaba otra cosa y di con este trailer la volví a recordar. Mil veces hasta siempre, querida.


domingo, diciembre 31, 2017

Dosmildiecisiete

Dejé de hacer propósitos de año nuevo desde 1997, porque pensé (y pienso) que los ciclos de la vida no dependen de las fechas en los calendarios. Sin embargo, siempre me ha gustado escribir recuentos. De hecho, desde 2005 he escrito recuentos en este bonito blog. Hoy regresé a leerlos todos y me dio gusto ver los cambios con cierta distancia. Cuando escribí tal o cual cosa, no sabía lo que vendría después, pero desde este punto miro atrás y creo entender cómo se han ido conectando unas cosas con otras, tanto en términos de mi propia vida como del contexto global.

2017 fue un año muy intenso y satisfactorio en muchos sentidos. Entre lo más relevante de mi año está que gané un premio por mi tesis doctoral y tuve que hacer un viaje relámpago a Valparaíso, Chile, para recibirlo. Fue un año de muchas satisfacciones profesionales, muchas. En ese sentido, el trabajo fue más que bien, aunque me absorbió más de lo necesario. Como sea, es un privilegio poder trabajar en algo que uno ama, con gente que uno aprecia y ése es mi caso.

En algún momento del año, supe que ya me había adaptado a León, mi ciudad de residencia desde agosto de 2016. Caí en la cuenta cuando comencé a comprar cositas para el depa y ya tenía lista de restaurantes favoritos, cuando entendí que mi círculo de amigos (y no sólo amigos) se amplió, cuando alguien se coló en mi vida cotidiana (y espero que no salga de ella) y se volvió tan simple pasar las pocas horas libres bobeando... lo único que falta es que cambie mi credencial de elector, cosa que haré en los próximos días.

Este año, o más bien, el semestre más reciente, decidí hacer un par de cosas para volver a ser la que fui sin renunciar a la que soy (dicho de otro modo, me gusta mucho la mujer que soy ahora, pero extraño muchas cosas de la que he sido antes): regresé a estudiar francés y canto. Las razones son muchas: soy una eterna estudiante y siempre tengo la necesidad de estudiar algo, amo el francés (aunque lo hable mal) y la música (aunque no me haya dedicado a ello), volver a clases significó regresar a algo que amo, ir a clases implicó obligarme a respetar tiempos para mí y no llenarlo todo de trabajo y vida social.

Aunque amo el cine, no fui tanto como de costumbre. De lo que logré ver, las películas que me resultaron más significativas fueron Wonder Woman y Your Name. Quienes me conocen saben que me encantan las historias de superhéroes, Wonder Woman me pareció increíble como tal, pero también como película más allá de los mundos de fantasía. Por supuesto, me encantó la fuerza de un personaje con el que me identifiqué de niña, pero que había dejado en el olvido. Todas las niñas deberían ver esta versión. Quienes me conocen también saben que no soy fan de las historias de adolescentes, pero Your Name es tan bonita, tan compleja, tan triste, tan profunda, tan todo a la vez, que me impactó. De hecho, parte de su banda sonora se instaló en mi mentecilla... y en mis playlists de Spotify, claro.

Por cierto, de acuerdo con el recuento de Spotify, escuché 108555 minutos de música, 5328 canciones diferentes, de 58 géneros musicales. Lo que más escuché fue de Ramin Djawadi, ha de ser porque mi playlist "Banda sonora para calificar" se compone de harta música de Game of Thrones. Por supuesto, mi canción del año es "Somewhere only we know". Ésa canté en mi presentación de canto. Ésa resume mucho de lo que viví este año.

De acuerdo con mis propias notas, este año hubo 16 aviones, pero perdí la cuenta de los viajes en autobús y Bla Bla Car. Estuve en San Luis Potosí (allá empecé el año, de hecho), la Ciudad de México (fui cuatro veces e hice escala seis veces en el aeropuerto), Querétaro, San Juan de los Lagos, Guanajuato, Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Minneapolis, Valparaíso (Chile), Monterrey y Oaxaca. Se agregó Santiago a la lista de ciudades de las que sólo conozco el aeropuerto. Se agregaron otros lugares a la lista de "por visitar". Veremos a dónde van mis pasos luego.

Fue un año de reencuentros con gente maravillosa y de conocer también a otra gente maravillosa. Puedo decir que soy feliz, que he sido muy afortunada muchos años.

lunes, diciembre 04, 2017

Je voudrais simplement pouvoir te regarder

No tuve ni tengo el valor para decir 80 millones de cosas. Cuando di la media vuelta, algo cambió. Después, al algoritmo de Spotify le pareció buena idea acribillarme con canciones como "La vie en rose". Quizá no sé cómo decir tantas cosas, pero esta canción lo dice mejor: "Je voudrais simplement pouvoir te regarder".





domingo, julio 16, 2017

Extraño

Extraño los años dorados de los blogs, de los relatos largos, los comentarios y los vínculos que se hacían a partir de las letras compartidas. Extraño los tiempos en que el blogroll revelaba una actividad constante y no últimas actualizaciones de hace siete meses, un año o dos o tres. Extraño mucho eso.